jueves, 3 de julio de 2014


“Últimamente, mi hijo me saca de las casillas, por cualquier cosa refunfuña y esta como con rabia, cuando le digo, que debería arreglar su cuarto; cuando su hermana le cuestiona algo, cuando le pregunto cómo va con sus materias en el liceo, o cualquier otra cosa, suelta su molestia. Esto sucede, de un tiempo a esta parte, es como si estuviera en contra de todos. Pero la actitud más desagradable, es que siempre está como a la defensiva.
Cuando le pregunto, por qué actúa de esa forma, no dice nada. Hay que sacarle las palabras de su boca. Pero, por supuesto, esta actitud, no la acepto; aunque mi esposo dice: “que yo soy muy dura con él; a lo que le contesto, que es porque él, es un blandengue”. Por eso, tenemos constantes discusiones. Desearía que esto no fuera así, pero no sé como cambiarlo”.
El período de la adolescencia es difícil de afrontar para cualquier persona, es la etapa más compleja de nuestra vida. En ella, se ponen en la balanza nuestros valores morales, sociales y espirituales que por mucho tiempo nos ha impuesto nuestra familia, sin explicación: “haz esto”, “haz aquello”, “Deberías de”; “Tu nunca…”; “Tu siempre” o “Me parece bien, pero...” Estas palabras crean una resistencia automática sobre nosotros, porque cancelamos de raíz cualquier intento de cambio. Esto nos desanima, ya que atacamos a la persona, no la actitud y conducta. Necesitamos entender que estas palabras destruyen lo bueno que hay en uno; es decir, son negativas para quienes las escuchamos, porque al usarlas algunas de ellas contradicen lo que estamos afirmando, y es entonces, cuando muchos de nosotros quisiéramos alzar nuestro vuelo para dejar de escucharlas. Tal vez, lo hacemos como signos o gestos de rebeldía, y sin comprender lo que nos sucede. Los cambios, son a veces difíciles de aceptar en esta etapa, porque imprimen una sensación de incertidumbre, sobre lo que nos sucede a medida que nos convertimos en adultos jóvenes.

En esta etapa, no nos damos cuenta que estamos comenzando a crecer. Es decir, hemos dejado de ser niños(as) para convertirnos en adolescentes. No entendemos, lo que nos está ocurriendo. Nuestro mundo interno y externo sufre grandes transformaciones. Nuestra forma de pensar es otra. Nuestros intereses, ya no son los mismos; nuestra rebeldía, inseguridad, estados de ánimo y hasta nuestro comportamiento es distinto.
Precisamos de tiempo, comprensión afectiva y una adecuada comunicación, para entender, que estas características son propias de ese proceso de desarrollo en las que estamos sumergidos. Necesitamos ser conscientes de que nuestras hormonas asumen el control y que nuestras emociones deben ser bien manejadas; por lo cual, tenemos que aprender hacer frente a los nuevos cambios. Lo que significa, que estamos en la búsqueda constante de nuestra propia identidad. Por tanto, tenemos la necesidad de que nuestras opiniones, decisiones, privacidad e independencia, sean también aceptadas y respetadas como la de nuestros padres. Pero, sin embargo, también tenemos que aprender adaptarnos para poder  convivir con todos estos cambios de la mejor manera posible.
El caso anterior, nos revela, que los padres deben ser conscientes de los signos que deben buscar en un adolescente enojado y descontento, a fin de comprender las causas de sus reacciones emocionales. Ello, puede ayudarlos como padres a aliviar esos síntomas; además de entender que deben asimilar que sus hijos pueden desarrollar uniones afectivas de importancia vital para ellos, al entender que la estima del adolescente debe ser protegida por la prevención y por la posibilidad de poder expresar lo que se está sintiendo y como se está interpretando. De ahí, algunas recomendaciones para fortalecer el vínculo familiar con nuestros hijos:

  • Tratemos de averiguar lo que causa el enojo, rabia, molestia o frustración en nuestro hijo(a).

  • Observemos con atención, si el estado de ánimo de nuestro hijo(a), no parece razonable, dada la situación.

  • Es obligatorio, estar disponibles, escuchar y ofrecer apoyo, estos son componentes enormes para ayudar a que nuestros adolescentes se sientan atendidos.

  • Construyamos canales de comunicación. Esto, significa, callar para escuchar. No sólo dar órdenes de lo que se debe hacer o no hacer.

  •  Demos confianza y afecto sincero a nuestro hijo(a), y para ello, necesitamos empatizar y sintonizar con sus sentimientos.

  • Evadamos las discusiones con nuestros hijos(as) a toda costa. La única forma de canalizar mejores encuentros por sus asuntos y sentimientos, es respondiendo amablemente. En vez de “Deberías de”: cambiar por: “No sería mejor que”. Asimismo, en vez de: “Tu siempre o tu nunca”, cambiar por: “Me parece que ahora no hiciste…”. En vez de la palabra Pero…sustitúyela por la siguiente expresión: “Estoy de acuerdo contigo, sin embargo…” o “Quizás podrías…”. De este modo, el dialogo quedará abierto con todos los miembros de nuestra familia y los demás.

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