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miércoles, 12 de febrero de 2014

“Confieso que necesito manifestar este dolor que no me deja vivir desde hace mucho tiempo. Tengo 80 años de edad y me parece casi un siglo. A pesar de que tuve 29 años de unión en concubinato con mi pareja y un hijo después de 19 abortos, hoy me encuentro en la más entera soledad.

Durante la unión con mi pareja, creo que muchos ratos fueron más buenos que malos. Sobre todo, después de tanto perseverar para lograr que naciera mi único hijo. Cuando nació no pude describir cómo me sentía. Sólo sé, que era feliz; pues como mujer me sentía incompleta. Estos repetidos, abortos lesionan tanto nuestro espíritu, que pueden dejar grandes huellas.

Un año después del nacimiento de mi hijo, me separé de mi pareja aconsejada por mi padre. Lo hice con dolor, pero sólo él, veía mi sufrimiento por los abusos de infidelidad a los que estaba sometida. Sin embargo, la separación duró tan sólo unos meses, mi pareja me fue a buscar, me convenció y volvimos a intentarlo.

Siempre creí que la mujer tenía la obligación de mantener la unión todo el tiempo, porque eso nos hace sentir “acompañadas”; aunque haya más momentos “bravos y muy duros”, pero se compensan con “algunos buenos”.

A veces mi pareja me daba dinero y permiso de viajar mucho, me sentía como pez en el agua. En esos momentos me mostraba que me quería, pero al estar cerca de cumplir dieciséis años de unión, rompimos por segunda vez. Mi padre seguía aconsejándome que dejara a ese hombre; yo seguía insistiendo, en que yo era la que funcionaba mal. Él trataba de abrir mi mente, pero nada, yo insistía en creer que mi pareja me amaba. Así me consolaba, buscaba la manera de ver cómo solucionar mi problema. Pero, ciertamente, no encontraba la solución para olvidarme de ese hombre.

Cuando cumplimos 22 años “juntos”, nada había cambiado, su comportamiento seguía siendo el mismo. Sin embargo, yo con mi ceguera no quería creerlo. Así, que me hacía la loca. Sentía mucha rabia y desesperanza a la vez. No me sentía capaz de verlo con otra. Claro, todo eso, eran celos; no sabía cómo frenarlos, lo cazaba en la calle o donde estuviera. Era, como si la sola presencia de ese hombre, lo fuese todo para mí.

Finalmente, cuando estábamos por cumplir 29 años de “unión y agonía”, no pude soportar más la situación y, aunque me costó muchas lagrimas sacar valor para dejarlo, me fui a vivir sola con mi hijo. Pensé que podía dar ese gran paso.

Los primeros días sentí una sensación de soledad indescriptible, creí que no lo lograría. Pasaba la noche en vela, me levantaba irritada, agobiada; no encontraba lugar donde sentirme bien. Esta relación de años también hizo mella en mi hijo, quién copió de su padre el desamor y en mí la testarudez. 

Recuerdo, que cada vez que su papá y yo peleábamos por sus abusos, mi hijo estaba a su favor. Cuando discutíamos me señalaba la culpable de todas sus desdichas. Decía frases dolorosas como: “¡Tú hiciste infeliz a mi papá, de qué te quejas!”, “lo molestabas con tus malditos celos!” y, con la sentencia: “¡Un día de estos, también te dejo sola!”, así un rosario de quejas”.

Pocas veces, mi hijo y yo hablamos, no sabemos llegar a ningún acuerdo. Cada palabra que dice me apena. Eso fue lo que construí. Lo sé porque lo viví.

Hoy después de aquella tormenta, puedo comprender cómo una persona, tiene el poder de transformar su vida en agradable o desagradable. Somos nosotros mismos, los que elegimos como queremos vivir y no es culpa de nadie más. Quiero que este relato sirva a muchas mujeres que como yo, aún continúan siendo esclavas por años, de su desdicha".

Indudablemente, las palabras de esta mujer y madre, llegan a lo más profundo de nuestro ser. Nos permite que reflexionar sobre las actitudes indeseables que obstaculizan nuestra felicidad. Para sentirnos confiados, las personas tenemos la necesidad de ser amados por otros. El amor, nos desarrolla el carácter y la estima, y permite que nos sintamos bien con nosotros mismos y nuestros semejantes. Sirve de escudo para afrontar los eventos de la vida.

Estar al tanto de que la mezcla de ausencia afectiva en la infancia y el mantenimiento del vínculo emocional hacia personas que no nos satisfacen, son la causa de estos comportamientos. Estas personas manifiestan una idealización extrema de personas que creen amar, por tanto soportan toda clase de atropellos porque no se sienten merecedoras del amor de ese ser “ideal”. Aman a otra persona por encima de su amor por sí mismas. Estas personas, necesitan ayuda de profesionales que promuevan actitudes prosociales (expresiones verbales que reduzcan la tristeza y confirmen su valor), que contribuyan al clima psicológico, de bienestar, reciprocidad y unidad.

Es importante, que comprendamos que este tipo de relación perjudica nuestra integridad física, psicológica y lesiona profundamente a cada miembro del núcleo familiar. Vemos, como la acumulación de diversos factores que “alimentaron” durante años la necesidad afectiva de esta mujer, desarrolló en ella una actitud hostil, como respuesta a las constantes infidelidades y ausencia afectiva por parte de su pareja. Esto sucede porque desconocemos nuestro valor (baja estima). Por tanto, el primer paso para sentirnos bien con nosotros mismos, es saber cómo somos. Si no nos conocemos vagamos sin sentido por cualquier camino, sin rumbo conocido.

Aprender a conocernos puede ser el ejercicio más emocionante de nuestra vida, para fortalecernos internamente y lograr nuestra independencia y autonomía. Si queremos lograrlo, bastará con sólo prestar atención a nuestras actitudes, sentimientos y deseos; por medio de ellos, llegaremos a lo hondo de nosotros mismos.

En el relato, se aprecia que ella nunca reconoció su talento de mujer “recia”, ni la forma de salir fortalecida de este tipo de experiencia. Su desacierto frente a los hechos y la ausencia de credibilidad sobre sus fortalezas, desarrolló en ella el agobio de los celos. 

Los celos producen un estado de alerta y desconfianza permanente, por lo que la angustia y depresión son sus compañeros inseparables. Esto, tiene mucho que ver con el apego y el sentido de pertenencia hacia otras personas, porque en tanto haya un vínculo emocional, existirá en estos casos el miedo a la pérdida.

Para amar sin celos tenemos que conocernos, estudiarnos e informarnos sobre lo que nos pasa, ello nos ofrece una visión más clara y acertada acerca de nuestros sentimientos. Tomar conciencia de nuestra actitud "celosa" nos da la oportunidad de buscar apoyo y redimensionar nuestras actitudes equivocadas. De no hacerlo, es posible destruir la salud de todos y arruinar la calidad de vida de toda nuestra familia.

Aprender a conocer que nuestra condición humana, requiere también de intuición, que es el tesoro de la psique de la mujer y que representa “un instrumento de adivinación, o bola de cristal, por medio de la cual la mujer puede ver con una misteriosa visión interior”(Pinkola, 2004). Esta intuición es beneficiosa, porque nos dota de una energía motivadora que nos hace ver con certeza y responsabilidad que podemos dirigir nuestras propias impresiones y nos protege de los contactos no deseados haciéndonos aptos para manejar inteligentemente nuestras vidas, extraer lo mejor de nuestras experiencias y poder cambiar en positivo nuestra propia historia.


martes, 21 de enero de 2014

"Mi deseo es ayudar a mi madre"

“Soy la mayor de mis tres hermanos (tengo 17 años de edad, mi hermana 14 y mi hermanito 10), mis hermanos son de padres biológicos diferentes y ninguno de ellos convive con nosotros.
Mi madre es una mujer que apenas tiene 40 años y parece de 50. Nunca descansa. Es secretaria en una empresa que le exige demasiado. Ella se forja mucho porque dice que hay mucha competencia y pocos empleos y debe cuidarlo. Ella sólo está pendiente del trabajo.
Dice sentirse constantemente agotada. Me preocupa que se enferme por todas las cosas que tiene que hacer. A mí se me ha hecho difícil concluir mi bachillerato, por muchos inconvenientes.
Veo a mi madre con tantas obligaciones que la apoyo en todo lo que puedo. Por eso, no dedico mucho tiempo a mis estudios; además en el instituto faltan 2 profesores de las materias más importantes (matemática y física) que no hemos visto en el primer lapso, y por los vientos que soplan no sabemos cuándo llegarán. Así, que prefiero cuidar a mis hermanos.
Soy testigo de que mi mamá nos ama, que quiere lo mejor para nosotros y hago lo posible en ayudarla. Mi hermana es una holgazana, cursa segundo año, va mal, tiene cuatro materias aplazadas hasta ahora. Estudia en el mismo instituto que yo. Ella también tiene problemas de dos profesores ausentes. 
Mi madre ya no halla qué decirle y poco hace caso por mejorar. En cuanto a mi hermanito, menos mal que va bien en su quinto grado; aunque tampoco ayuda mucho en los quehaceres de la casa. El asunto es que mi tía, hermana de mamá, me dijo que buscara apoyo para ver hasta qué punto podemos ayudarla a ella a entender que necesita algo más que trabajar.” 

Es necesario saber que el contexto en el que viven y se desarrollan nuestros niños, niñas y adolescentes, es determinante en su conducta posterior. De acuerdo a la Teoría Social Cognitiva, los padres somos agentes significativos de socialización para nuestros hijos y el ambiente del hogar es el primer contexto en el cual ellos observan, experimentan y aprenden sobre las relaciones interpersonales. En el caso de nuestros jóvenes, la relación está signada por la calidad de la comunicación en los acuerdos y negociaciones que se hagan desde el hogar. 

Vivimos en un cambio y transformación constante desde todo punto de vista, especialmente desde la perspectiva de desarrollo humano y de la familia. El adolescente también es gestor de su propio desarrollo de crecer y “madurar" de acuerdo con la relación que tenga con sus progenitores, y demás familiares, las instituciones y la sociedad. Él aprovechará o no, una serie de relaciones y mensajes de manera productiva. 

Entonces es necesario considerar dos aspectos:

En el caso que nos aprovecha, el no encontrar motivación en la institución educativa, lleva a esta muchacha a sobrecargarse de las preocupaciones que tiene su madre. Pero también es deber de los padres estar conscientes de saber que la persona que lleva la responsabilidad de hacer cumplir la autoridad en el hogar, somos nosotros. Los padres también son protagonistas en generar motivaciones a sus hijos.

Asimismo, el ejercicio del afecto, nos va a permitir establecer y mantener el nivel de comunicación necesaria con nuestros hijos, para que cada uno conozca el cumplimiento de sus deberes en el estudio como en el disfrute de sus derechos. 

Es necesario que estemos conscientes de que nuestros hijos pueden cooperar y compartir ayudando en los quehaceres del hogar de modo equilibrado, sin que por ello tengan que cargar con la responsabilidad del rol de adulto antes de tiempo. 

Sin embargo, asumir responsabilidades que no les competen aún; como por ejemplo, el cuidado de los hermanos y el desempeño de todas las labores domésticas, lesiona profundamente su bienestar psíquico, moral y emocional en su proceso natural de desarrollo. 

Aquí no se trata de apoyar “holgazanes”, nada más lejos de la realidad, pero tampoco de darle el papel protagónico del rol de padres que no les pertenece y de no dar opciones a observar nuevas expectativas de vida a través de buenas oportunidades de estudio que les ofrezca la posibilidad de cursar y concluir con éxito su educación. 

Cuando ofrecemos y permitimos un trato digno y de respeto a nuestros hijos, tal como: desarrollar su propia identidad, el valor de sí mismo, la corresponsabilidad y la solidaridad humana, hacemos que se apropien de su entorno y ayudamos a que se abran las puertas de la expresividad a todos por igual. Lo contrario, origina en ellos mucha presión o sentimientos de desamparo e inseguridad. Así esto resta la motivación y los estímulos enriquecedores para su crecimiento.

Por otro lado, en un segundo aspecto, es importante darnos cuenta de la importancia de darnos un tiempo a nosotros mismos y cómo no hacerlo perjudica no sólo a nosotros sino también a quienes nos rodean.

El proceso de cada uno de nuestros hijos debe nutrirse de varias experiencias al dar nuevas opciones para entender el valor de la vida y adaptarse a ella. Por tanto, es bueno que conozcamos que cada etapa debe atravesarse a su tiempo, sin apresuramiento, para que no lleguen a la adultez con un grado de desconcierto y de inmadurez emocional.

Encontremos entonces tiempo para relajarnos de las presiones del trabajo, de la cotidianidad y explorar alternativas creativas que nos brinden apoyo. Éstas pueden incluir a otros familiares que pudieran respaldar posiciones y nuevos cambios de actitudes positivas. Esto es prioritario para el buen funcionamiento de nuestro núcleo familiar.

miércoles, 8 de enero de 2014

"Me siento fatal por haber ofendido a mi madre"

“Muchos de mi grupo de amigos me dicen que tengo un carácter muy fuerte, que siempre estoy a la defensiva, que parece que todo lo que me dicen lo tomo como algo personal y que hay días en que mis palabras ofenden.

Tanto es así, que dicen que desearían dejarme a solas y no tratarme más. Realmente me he puesto a pensar sobre todas mis reacciones y he llegado a la conclusión de que siempre me he sentido sola, que me fastidia lo que me rodea y que todo lo que me sucede es culpa de los demás.

A mi padre nunca lo conocí y mi madre vive trabajando todo el día como si nada más tuviera interés para ella. No hablamos, eso sí…, peleamos mucho; hasta me he querido largar de mi casa, pero económicamente no estoy preparada para ello. No hay mucho apoyo familiar.

En la última pelea parece que me sobrepasé y de verdad me siento muy mal por las cosas que le dije a mamá. He intentado hablar de nuevo con ella, pero me cuesta demasiado, no sé que es lo que me está pasando. Me siento fatal por ofenderla. Entiendo que no puedo seguir despotricando de todo el mundo y menos de mi madre.”

Numerosas personas manifiestan los “dramas” de sus experiencias culpando a otros de sus propios desaciertos para sentirse más “tranquilos” y negar sus responsabilidades. Muestran actitudes indeseables, que mantienen por meses y hasta por años. Por tanto, anulan su imaginación, originalidad y talento, lo que bloquea el desarrollo de su socialización.

Estas actitudes negativas pueden causar daños irreversibles. Probablemente, para estas personas, la relación afectuosa representa una pesada carga. Tal vez nunca hayan experimentado un reconocimiento positivo; una acaricia, un abrazo o una llamada telefónica que le muestre lealtad, o no han escuchado la frase de un amigo: “estoy contigo en las buenas y en las malas”. De este modo, ronda entre sus sentimientos la frustración, la insatisfacción, la irritabilidad, la provocación; transformados en agresividad o tratos desenfrenados, que provocan peligrosos sentimientos tóxicos en el ambiente en el cual se desarrollan.

En este sentido,es importante conversar, sobre todo con aquellos a quienes nuestra actitud ha ofendido, sobre diferentes aspectos de la personalidad y autoestima. Los padres deben saber que cuando manejamos las conductas de nuestros hijos e hijas, sin darnos cuenta, construimos la futura personalidad de cada uno de ellos, de acuerdo a nuestros principios y valores. Éstos van a funcionar como un listado de virtudes que copiar, pero también, de errores que enmendar. Todo este bagaje de información hace que la persona se desarrolle o no en un ambiente afectivo, asertivo y productivo.

De modo que la forma en que, cuando éramos pequeños, los adultos reaccionaron ante nosotros es con frecuencia, la forma en que ahora nosotros mismos reaccionamos, tanto positiva como negativamente.

Si consideramos que tenemos mal carácter es importante pensar por un momento en las palabras, actitudes y gestos que frecuentemente usaban nuestros padres cuando de pequeños nos regañaban (“cállate”, “no interrumpas”, “no haces nada bueno”...) A continuación, podemos recordar algunos elogios o alabanzas de nuestros padres (en este caso en particular la muchacha señaló no tener idea de lo que se decía)
Es probable que descubramos que -tal como descubrió la muchacha- empleamos ahora las mismas palabras que usaban nuestros padres.

Sondra Ray citada por Hay(2005), sostiene que todas las relaciones importantes que tenemos son un reflejo de lo que tuvimos con uno de nuestros padres. Es decir, nuestras relaciones son espejos de nosotros mismos. A este respecto, el autoconcepto puede potenciar y desencadenar grandes conflictos en el hogar y entorno social. Para sentirnos confiados y seguros los seres humanos tenemos la necesidad de ser amados por otros.

En la familia hay que fomentar el establecimiento de afectos agradables (caricias, abrazos, elogios, palabras amables y generosas) a través de una comunicación acertada; pues ofrece la posibilidad de poder expresar lo que se está sintiendo y cómo se está interpretando lo que nos pasa. Sólo la claridad de conceptos y la amplia discusión familiar, permite el establecimiento de un proceso afectivo, sano y confiado, evitando la confrontación innecesaria y el conflicto destructivo al que muchos están acostumbrados.

Muchas conductas y lenguaje de nuestros hijos son indicadores que no debe pasar por alto y que exige su atención y razonamiento. Ello debe ser evaluado y analizado continuamente con amor y firmeza; pero con serenidad y paciencia. Ésta es la vía más operativa para rescatar la confianza de su hija y desarrollar su capacidad de amar y tomar decisiones dentro del derecho de ejercer su libertad; pero a la vez saber que en su hogar existe una doctrina con normas establecidas que debe respetar, la cual le otorga deberes y derechos que también debe cumplir.

De ahí la importancia de que los padres podamos enseñarle a nuestros hijos sus debilidades; pero también el reconocimiento de sus fortalezas como los mejores recursos de su personalidad, a fin de que aprende a tomar decisiones y a tolerar sus propias frustraciones.

Dirigir nuestros sentimientos puede ser una tarea que necesite de un buen manejo de la tolerancia que tenemos que aprender para coexistir en el mundo de las interacciones. Muchas veces el dolor puede ser, en ciertas personas, un estímulo desencadenante de una respuesta violenta; por el contrario, en otros el mismo dolor  desencadenará  otra respuesta básicamente distinta.

Poseer control sobre nuestras emociones nos conduce a la búsqueda de alternativas creativas de negociación y acuerdos para la solución de nuestros problemas.

Darnos cuenta de nuestro propio poder (fuerza, capacidad, eficacia) enriquece nuestro mundo interno y desarrolla vínculos de afecto. Es necesario que descubramos el valor que representa cada persona en nuestra vida para brindar lo mejor de nosotros mismos. A todos nos gusta que nos traten con amor, con respeto; que nos brinden un poco de atención y deferencia; porque todo esto forma parte de nuestra dignidad y es lo que trasciende a nuestra personalidad, la cual se proyecta hacia la colectividad.
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