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miércoles, 8 de enero de 2014

"Me siento fatal por haber ofendido a mi madre"

“Muchos de mi grupo de amigos me dicen que tengo un carácter muy fuerte, que siempre estoy a la defensiva, que parece que todo lo que me dicen lo tomo como algo personal y que hay días en que mis palabras ofenden.

Tanto es así, que dicen que desearían dejarme a solas y no tratarme más. Realmente me he puesto a pensar sobre todas mis reacciones y he llegado a la conclusión de que siempre me he sentido sola, que me fastidia lo que me rodea y que todo lo que me sucede es culpa de los demás.

A mi padre nunca lo conocí y mi madre vive trabajando todo el día como si nada más tuviera interés para ella. No hablamos, eso sí…, peleamos mucho; hasta me he querido largar de mi casa, pero económicamente no estoy preparada para ello. No hay mucho apoyo familiar.

En la última pelea parece que me sobrepasé y de verdad me siento muy mal por las cosas que le dije a mamá. He intentado hablar de nuevo con ella, pero me cuesta demasiado, no sé que es lo que me está pasando. Me siento fatal por ofenderla. Entiendo que no puedo seguir despotricando de todo el mundo y menos de mi madre.”

Numerosas personas manifiestan los “dramas” de sus experiencias culpando a otros de sus propios desaciertos para sentirse más “tranquilos” y negar sus responsabilidades. Muestran actitudes indeseables, que mantienen por meses y hasta por años. Por tanto, anulan su imaginación, originalidad y talento, lo que bloquea el desarrollo de su socialización.

Estas actitudes negativas pueden causar daños irreversibles. Probablemente, para estas personas, la relación afectuosa representa una pesada carga. Tal vez nunca hayan experimentado un reconocimiento positivo; una acaricia, un abrazo o una llamada telefónica que le muestre lealtad, o no han escuchado la frase de un amigo: “estoy contigo en las buenas y en las malas”. De este modo, ronda entre sus sentimientos la frustración, la insatisfacción, la irritabilidad, la provocación; transformados en agresividad o tratos desenfrenados, que provocan peligrosos sentimientos tóxicos en el ambiente en el cual se desarrollan.

En este sentido,es importante conversar, sobre todo con aquellos a quienes nuestra actitud ha ofendido, sobre diferentes aspectos de la personalidad y autoestima. Los padres deben saber que cuando manejamos las conductas de nuestros hijos e hijas, sin darnos cuenta, construimos la futura personalidad de cada uno de ellos, de acuerdo a nuestros principios y valores. Éstos van a funcionar como un listado de virtudes que copiar, pero también, de errores que enmendar. Todo este bagaje de información hace que la persona se desarrolle o no en un ambiente afectivo, asertivo y productivo.

De modo que la forma en que, cuando éramos pequeños, los adultos reaccionaron ante nosotros es con frecuencia, la forma en que ahora nosotros mismos reaccionamos, tanto positiva como negativamente.

Si consideramos que tenemos mal carácter es importante pensar por un momento en las palabras, actitudes y gestos que frecuentemente usaban nuestros padres cuando de pequeños nos regañaban (“cállate”, “no interrumpas”, “no haces nada bueno”...) A continuación, podemos recordar algunos elogios o alabanzas de nuestros padres (en este caso en particular la muchacha señaló no tener idea de lo que se decía)
Es probable que descubramos que -tal como descubrió la muchacha- empleamos ahora las mismas palabras que usaban nuestros padres.

Sondra Ray citada por Hay(2005), sostiene que todas las relaciones importantes que tenemos son un reflejo de lo que tuvimos con uno de nuestros padres. Es decir, nuestras relaciones son espejos de nosotros mismos. A este respecto, el autoconcepto puede potenciar y desencadenar grandes conflictos en el hogar y entorno social. Para sentirnos confiados y seguros los seres humanos tenemos la necesidad de ser amados por otros.

En la familia hay que fomentar el establecimiento de afectos agradables (caricias, abrazos, elogios, palabras amables y generosas) a través de una comunicación acertada; pues ofrece la posibilidad de poder expresar lo que se está sintiendo y cómo se está interpretando lo que nos pasa. Sólo la claridad de conceptos y la amplia discusión familiar, permite el establecimiento de un proceso afectivo, sano y confiado, evitando la confrontación innecesaria y el conflicto destructivo al que muchos están acostumbrados.

Muchas conductas y lenguaje de nuestros hijos son indicadores que no debe pasar por alto y que exige su atención y razonamiento. Ello debe ser evaluado y analizado continuamente con amor y firmeza; pero con serenidad y paciencia. Ésta es la vía más operativa para rescatar la confianza de su hija y desarrollar su capacidad de amar y tomar decisiones dentro del derecho de ejercer su libertad; pero a la vez saber que en su hogar existe una doctrina con normas establecidas que debe respetar, la cual le otorga deberes y derechos que también debe cumplir.

De ahí la importancia de que los padres podamos enseñarle a nuestros hijos sus debilidades; pero también el reconocimiento de sus fortalezas como los mejores recursos de su personalidad, a fin de que aprende a tomar decisiones y a tolerar sus propias frustraciones.

Dirigir nuestros sentimientos puede ser una tarea que necesite de un buen manejo de la tolerancia que tenemos que aprender para coexistir en el mundo de las interacciones. Muchas veces el dolor puede ser, en ciertas personas, un estímulo desencadenante de una respuesta violenta; por el contrario, en otros el mismo dolor  desencadenará  otra respuesta básicamente distinta.

Poseer control sobre nuestras emociones nos conduce a la búsqueda de alternativas creativas de negociación y acuerdos para la solución de nuestros problemas.

Darnos cuenta de nuestro propio poder (fuerza, capacidad, eficacia) enriquece nuestro mundo interno y desarrolla vínculos de afecto. Es necesario que descubramos el valor que representa cada persona en nuestra vida para brindar lo mejor de nosotros mismos. A todos nos gusta que nos traten con amor, con respeto; que nos brinden un poco de atención y deferencia; porque todo esto forma parte de nuestra dignidad y es lo que trasciende a nuestra personalidad, la cual se proyecta hacia la colectividad.
“Me crié en un ambiente familiar bastante afectivo. Tanto mi hermano como yo tuvimos siempre el apoyo de nuestros padres. Ellos poseían la facultad de ayudar en lo que podían a todos los que conocían; nos decían que había que fomentar el buen trato entre los vecinos y que estos no se debían tocar “ni con el pétalo de una rosa”, que había que tener siempre la disposición de agradar a todos. También decían que ayudar a otros era un valor muy importante. Nos enseñaron a tener lo necesario para sentirnos satisfechos. Por el buen gusto de mi madre aprendí a comprar cosas de buena calidad y creo que todo lo que tengo me lo he ganado con voluntad y esfuerzo de mi trabajo.

 Resulta que algunas de mis primas y amigas están acostumbradas a ir a mi casa a pedir prestado cosas como: carteras, zapatos, algunas faldas, chaquetas o pantalones, ya que dicen que no tienen tanta plata para llegar a comprar cosas tan caras como las mías, y aunque las he prestado de buen gusto; me las devuelven sucias o deterioradas, por lo que muchas veces me he sentido indignada. Uno de eso días les reclamé de buena manera que me sentía molesta por su desconsideración para conmigo y les dije que por lo menos me entregaran las piezas limpias y en un tiempo prudencial, puesto que tenía que pedírselas meses después debido a que no me las regresaban.

El caso es que dos de mis primas y tres de mis “mejores” amigas con las que siempre salía a divertirme me dejaron de tratar y me he sentido mal por sus comentarios malsanos; aunque por supuesto esto lo puedo superar porque la situación me ha servido para entender que en muchos momentos hay que poner límites y esto probablemente sea mi mayor dificultad. De verdad que no entiendo a este tipo de personas tan desconsideradas. Piensan que uno debe aguantar todas sus impertinencias. Me gustaría saber cómo tratarlas, pues se topa uno con este tipo de gente por todas partes".

El relato anterior nos deja entrever cómo a veces nuestras relaciones con los demás pueden comprometer profundamente nuestros propios sentimientos. Cada persona de acuerdo a su conformación mental, ética, moral y espiritual asume una serie de condiciones y valías consideradas básicas para manejarse -lo mejor posible- dentro de su entorno. Estas valías implican: el respeto, la responsabilidad, la honestidad, el compromiso, la consideración, la reciprocidad entre otras, tanto para consigo misma como para los demás.

Vemos que en el relato la joven describe un buen marco referencial sobre los valores heredados de su núcleo familiar. Estos valores le permiten saber apreciar lo bueno y lo malo de cada situación, y esto influye a su vez en el desarrollo de una buen autoestima, lejos de agentes que puedan erosionar. Sin embargo, es importante que esta joven y cualquier otra persona lleguen a comprender que ciertos valores de convivencia, no coexisten por igual en el esquema mental de mucha gente, porque los valores no se pueden imponer, sino que nacen de la propia esencia de la persona.Surgen espontáneamente.
Es bueno comprender que respetar a alguien es tratarlo con decencia o dignidad, una dignidad propia que requiere del comportamiento adecuado de los demás. Asimismo, el respeto exige también un trato amable o cortés, y  las faltas de respeto intencionales cometidas por familiares, amigas y otras personas a nuestro alrededor no se deben permitir bajo ningún concepto porque son injustas.

Es bueno que desarrollemos la capacidad de darnos cuenta hasta dónde puede una persona ceder ante los demás al poner freno a conductas fuera de lugar. Nuestra autonomía y dignidad no deben ser comprometidas. Conocer que tenemos el derecho de no aceptar ciertas demandas de otros y que nadie puede arrebatarnos este derecho, nos hará sentir satisfechos(as) y sin temores debido a que el concepto que tengamos, por ejemplo, de respeto y responsabilidad, orientará parte de nuestras conductas y la valoración moral que realizamos de las conductas propias y de los demás.

Aceptar las normas, ser respetuosos y responsables dependerá de las interacciones sociales que hayamos desarrollado con nuestros padres desde la niñez; es decir, cuando nuestros padres, por ejemplo, nos enseñaban ciertas normas como el respeto mutuo, y nos ayudaban a aprenderlas, estaban cultivando en nosotros acciones proactivas para manejar de la mejor manera posible nuestras relaciones interpersonales. Tomar el control y manejar con tacto nuestras fortalezas y debilidades son claves para el desempeño de cada rol en nuestras vidas.

Vera y otros tratan este tema y señalan que hay que poner límites a algunas personas de nuestro medio. Para ello sugieren ciertos pasos :

  1.  Primeramente decidiremos si estamos dispuestos o no a emprender las acciones del caso.
  2.  Identificamos el evento que nos está molestando.
  3.  Aseguremos quiénes son las personas involucradas, con quiénes necesitamos aclarar las cosas a solas, el modo de dirigirnos, cómo podremos expresarnos, qué y cómo le diremos al otro lo que esperamos de él o ella y si nos mantendremos firmes y consecuentes.
  4.  Apreciemos lo positivo y negativo, y sus posibles consecuencias, pues tenemos el control. Igualmente, debemos tener en cuenta que una de esas personas a quiénes debes poner límites somos nosotros.
  5.  Sólo nosotros decidimos que permitiremos qué va a ocurrir (estando o no presentes) y asegurarnos que esto se cumpla
  6.  Imaginemos diferentes posibilidades de solución al generar acuerdos asertivos y afectuosos a través del dialogo explicativo para que las personas involucradas se sientan emocionalmente correspondidas y confiadas.


martes, 3 de diciembre de 2013

“Mi hijo de diez años hace lo que le da la gana porque mi madre me desautoriza frente a él. El problema se inicia cuando frecuentemente le niego los permisos de salida por no cumplir con sus actividades escolares o cuando lo reprendo por su mal comportamiento. De esto mi madre tiene mucho de culpa porque lo complace en todo lo que quiere, ya que desde pequeño lo ha cuidado mientras salgo a trabajar.
Mi pareja ha querido ayudarme aconsejándolo, pero éste le responde: “no te metas conmigo porque tu no eres mi papá”. Es por esto que mi pareja ha dejado de llamarle la atención por su mal comportamiento. Esta situación se sale de mis manos y no hallo qué hacer”.

Casos como estos continúan incrementándose en los consultorios de asesoramiento familiar. Casos de niñas, niños y adolescentes que se resisten a asumir responsabilidades y donde la desesperación de los padres está a flor de piel.
Podemos observar un manejo inoperante de la posición jerárquica de la adherente (abuela) en el grupo familiar, lo que trae como consecuencia: 
a) Manejo inadecuado del orden jerárquico 
b) ejercicio inapropiado del Binomio Autoridad/Afecto 
c) Aplicación no operativa de premios y castigos y 
d) Comunicación inoperante en el núcleo familiar.

Invitar a la pareja a conversar con la abuela, es un aspecto muy necesario. Puede explicarle, por ejemplo, mediante un lenguaje respetuoso y afable que ella representa un gran valor para toda la familia, y que reconocen el papel tan importante que ha ejercido en el cuidado de su nieto a lo largo de todos estos años. Son palabras muy loables y significativas que reflejan el agradecimiento que le tienen. Mostrarse conforme significa mucho para el adulto mayor. 
Sin embargo, como madre, también tienes que aclarar bien sea a la abuela, abuelo, según sea el caso, que para educar a tu hijo es importante que se unifiquen criterios en cuanto a su educación. 
Igualmente, debes indicarle que su integración en la familia ha sido beneficiosa y que por esta razón cuentan con ella preste su aporte, sin llegar a la sobreprotección del niño o niña, para que aplique las normas, los deberes y responsabilidades que su nieto debe observar hacia la jerarquía familiar. 
Esto evita confusiones para el niño y situaciones problemáticas. Asimismo,los padres deben tener paciencia con la abuela, abuelos, tíos..., es decir, familiares adherentes que pueden mostrar resistencia al cambio de actitud que se requiere. Es importante que estos familiares cumplan la alianza con firmeza y de la mejor manera posible. 
La pareja debe tener claro que los niños, niñas y adolescentes pueden distinguir el orden jerárquico que ocupa cada quien en la familia, y saben lo que está y no está permitido. La pareja debe compartir la responsabilidad al ejercer su rol de padre sustituto, intentando transmitir en el menor, firmeza pero también solidaridad y comprensión. Esto puede hacerse a través de un diálogo fraterno y, el niño(a) debe aceptar dicho compartir. 
Los niños necesitan sentirse atendidos y amados por sus padres, y si ese amor no les llega buscarán hacer cualquier cosa para conseguirlo. De este modo, se evita crear una situación de malestar familiar, entendiendo que esto será a través de un proceso atento y consistente. Es recomendable utilizar el reforzamiento positivo como: elogios, obsequios, buen manejo del permiso para la práctica de actividades extraescolares. Esto eleva la autoestima de los niños y afirma la confianza, hasta lograr la aceptación del padre no biológico por parte del menor.

lunes, 28 de octubre de 2013


Presento este libro con el objeto de aportar soluciones a situaciones que se nos presentan en las relaciones interpersonales que trabajamos en nuestra vida cotidiana. Basados en la idea de que nuestras actitudes son capaces de modificar nuestro entorno y cómo el Otro nos observa e interactua con nosotros, me he planteado presentar varios casos ilustrativos de mis investigaciones con el fin de que cada persona aborde su propia situación y sus circunstancias para llevarlas a un desenlace positivo. De allí el término "Si yo estoy bien, tú estás bien" pues se refiere a esa conexión íntima que se tiene con el otro.

Para lograr estos resultados positivos, la persona tiene que razonar y mostrar respeto, atención, consideración y empatía con base en el afecto -tanto para consigo mismo como para con los demás-. Esta situación, vista como proceso da como resultado ambientes mucho más ricos, llenos de bienestar. Así se ha llegado a encontrar cómo el proceso empático facilita el reconocimiento propio y el reconocimiento del otro.

En este sentido Goleman, en su libro Inteligencia Social (2006) dice que: “expresar empatía a los demás, conlleva a la conexión íntima de los afectos, deseos, sentimientos y necesidades más profundas, lo que hace doblegar el orgullo y la jactancia, que invalida toda cosa buena que está muy dentro de nosotros”. Por eso, si manejamos esta visión existencial “Si yo estoy bien, tú estás bien, aunada a la popular premisa “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, no seremos víctimas ni victimarios, porque fomentaremos actitudes de seguridad y bienestar emocional y social.

Esto puede considerarse como valor agregado para nuestra salud y bienestar, ya que al generar actitudes positivas, buscamos el fortalecimiento de nuestra vida y nuestro entorno. 

Ahora bien. ¿Cómo es posible que nuestra propia actitud predisponga a otros a tratarnos de una u otra forma? Bien, durante años de experiencia en el área de asesoramiento, orientación familiar e investigaciones recientes, he podido percibir que muchos de los miembros de familias en conflicto están distanciados de sus propias reacciones frente a ciertos eventos que acontecen entre sus seres queridos, y aún más de su entorno, cuestión que afecta la estabilidad psíquica, moral, emocional y espiritual de cada integrante de la familia. 

En el libro se muestran historias contadas por sus propios actores para ilustrarnos situaciones que cualquiera de nosotros puede o pudo haber vivido en algún momento. 

El caso de la hija menospreciada

 Se trata de una familia monogámica de padres biológicos donde la madre solicita ayuda debido a que manifiesta, que en el hogar hay  conflictos de relación padre/ hija, que ha lesionado profundamente a todos los miembros del grupo familiar. La madre reporta, que esta situación la ha  generado su esposo, debido a la actitud “necia y estúpida”, de no terminar de entender “que las hijas son completamente diferentes una de otra”.

Dice la madre, que el conflicto se inicia, cuando la hija menor de la familia, reprueba matemática, y por esto no podrá graduarse de bachiller. El padre al saber la situación, la reprende duramente, delante de todos, gritándole “que era bruta y retraída”, que lo tenía decepcionado. 

Este modo de tratarla ocurre cada vez que la adolescente trae alguna calificación o se equivoca en algo. Reporta la madre, que esta actitud “testaruda”, ha afectado mucho a su hija, ya que desde ese día mantiene una actitud errática, como de abandono hacia sí misma, hasta el punto que debe obligarla para que vaya al instituto; se encierra en su cuarto y dice que no quiere ir. El padre, ha hecho caso omiso de la situación, de ahí la preocupación de la madre, por no saber qué hacer. Se puede apreciar en este caso, como la privación o negación afectiva en sus distintas formas, la ausencia de diálogo claro; el predominio de los celos, la autoridad mal entendida; la subestimación del otro, la ausencia de atención, los  abusos de todo tipo y el maltrato; ha hecho estragos en lo más profundo de los sentimientos de esta adolescente, lo cual anula el sentido de pertenencia y la posibilidad de enmendar actitudes indeseables. 

Se puede apreciar que existe un manejo no operativo del binomio Autoridad/Afecto por parte del padre; quien cae en el “autoritarismo” al presionar constantemente a UM para que mejore sus calificaciones; ya que si estas son bajas manifiesta no quererla con demostraciones de afectos desagradables. En este sentido, el padre condiciona el afecto y esto atenta contra la personalidad y desarrollo de la capacidad de tolerar  frustraciones; además de desencadenar grandes conflictos tanto en lo personal, familiar y social; ya que podemos llegar a formar adolescentes con actitudes sumisas, tímidas, inseguros, evasivos, malcriados y escapistas. Inhibidores sociales, que para muchos es un obstáculo que impide concretar sus objetivos y alcanzar con éxito lo deseado; aunque para otros, es un rasgo permanente de su carácter. 

Para la psicología, lo retraído o tímido, es un factor que inhibe socialmente, suele tener su origen en un bajo nivel de autoestimación. Se manifiesta internamente como una sensación de inseguridad y vergüenza, y se expresa a través de la incomunicación que obstaculiza el desarrollo de las habilidades interpersonales. Los  inhibidores sociales “matan” la confianza personal, por lo general sobrevaloran y temen la opinión de los demás. Por esta razón, los padres  están obligados a estar  atentos y expresar su afecto a todos por igual a través de caricias, elogios y abrazos, una palabra generosa; esto brinda seguridad y estabilidad en las hijas e hijos, incurrir en no ejercer operativamente estos principios; refuerza la actitud inestable de la adolescente y a todos los miembros del núcleo, causando daño a su autoestima y malestar a toda la familia. 

Así, vemos ausencia de  diálogo, debido a que el padre como emisor le envía a la adolescente UM, mensajes reforzadores de agresividad verbal y no verbal, lo que afecta las buenas relaciones entre sus miembros. Por el contrario, la madre brinda la mayor comprensión cuando comunica de manera funcional y ofrece apoyo mediante frases consoladoras, como: “sé que tu puedes si practicas y te lo propones” o “sabes que te amo, pases o no matemática, eso, no cambiará”; lo que indica que tiene una posición más justa y clara sobre sus sentimientos. La madre dice, que: “actualmente las discusiones y críticas entre la pareja, ha ido en incremento, lo que ha llegado a incidir negativamente en el encuentro sexual a tal punto que cuando él, llega del trabajo ni siquiera nos saludamos”. La madre manifiesta que: “lo malo de todo esto es que cada día que pasa nuestra relación es más fría y se empaña aún más”, “pero…, pareciera que a él, no le importara…”, “amanece y cada quien por su lado

Se aprecia, cómo una actitud negativa, fomenta la desigualdad entre las hijas, debido al manejo inadecuado de la adolescencia, a la aplicación no operativa de premios y castigos, a una comunicación inoperante, a una ausencia en el orden jerárquico y un  desconocimiento del rol de padre operativo. 

De manera que el curso de la sesión se orientó como sigue: En la primera sesión, se invito a la madre y al padre a conocer y ejercitar constantemente el Binomio Autoridad/Afecto; es decir, buscar el equilibrio, mediante su buen manejo y no caer en el autoritarismo; esto significa, darse cuenta, que la autoridad, es el derecho que se otorga a los padres, con fundamento para ejercerlo, no se negocia; sin embargo, hay que tener cuidado con el abuso o establecimiento de preferencias dentro de los miembros de la familia. El favoritismo, el chantaje y la contradicción son actitudes negativas que inhiben la confianza y fomentan la desigualdad, porque lesiona los sentimientos de la persona. Se aclaró, que si alguien de la familia mereciera ser premiada y otra no, puede hacerse; aunque ello no significa intimidar a la otra; sino que es haber ganado mérito por cumplimiento de su deber. Asimismo, en la familia hay que promover actitudes agradables de afecto (amor, cariño, cordialidad, etc.) con regularidad que eviten promover actitudes desagradables (antipatía, rabia, tristeza, odio…)  para lograr un clima de comprensión. 

Esto, permite una respuesta de amor, respeto, consideración y una clara comunicación entre padres e hijos, lo cual hará que el grupo familiar establezca seguridad, respecto a sus emociones. Condicionar o limitar el afecto es sumamente peligroso. Por eso, debemos evitar decir por ejemplo: “Si pasas matemática te querré más”. Ello acorrala la confianza. A cada hija o hijo se quiere por lo que es, porque tiene el derecho de amar y ser amado. El afecto se construye y se alimenta día a día para mantenerlo. Por tanto, papá y mamá, les corresponde entonces decir, por ejemplo: “Tú sabes que te amo, por eso quiero el bien para ti; ello me obliga aplicar una sanción ante la actitud y comportamiento que tienes”. “Esto no quiere decir que no te ame, si te comportas mal, sólo que debo asumir mi responsabilidad y tú debes aceptarlo con respeto. 
Aquí, se muestra afecto y no abuso; lo cual obliga a mantener el orden y la disciplina familiar con claridad; lo cual fue interesante para lograr modificar la actitud, calificada por su esposa de: “necia y estúpida” del padre, en el motivo de consulta
Las hijas e hijos que reciben constantes regaños se sentirán cohibidos, tristes y humillados o desobedecerán ante tanta impunidad, reforzando actitudes déspotas y siendo aún más transgresores. Los progenitores están dados a conocer los cambios biopsicosociales de la adolescencia como parte del desarrollo natural del ser humano.

 Estar conscientes de que todos pasamos por esa etapa y que necesitamos demostrar afecto de muchas maneras (respetar gustos, intereses, escucharlos, darles el trato amable que se merecen, darle importancia a sus vivencias y a sus necesidades, etc.), es decir, dar el espacio emocional esperado.

Para que un adolescente proceda de manera comprometida, precisa detectar todos los aspectos necesarios de cada vivencia y no sólo los que le competen. Asimismo, estar consciente de los  puntos de vista de las demás personas, de tal modo, que la toma de decisión que haga esté influido por las necesidades, derechos y responsabilidades de todos los implicados. 

Saber que los adolescentes frecuentemente cambian su vocabulario, su forma de ser para expresar su independencia y que muchos, se distancian de sus padres; son requisitos primordiales para estar atentos a la reciprocidad. Por eso, es necesaria una actitud comprensiva, cordial y abierta a los cambios, lo cual depende del bienestar biopsicosocial, moral y espiritual en todas las etapas de desarrollo; lo que significa, tener cuidado con el abuso o establecimiento de preferencias dentro de los miembros de la familia. 

Como Orientadora familiar estas experiencias son de vital importancia, porque gracias a ella, nos damos cuenta, que cada quien determina sus propios rasgos de personalidad y se ubica de manera relacional con respecto al todo social, en gran parte de sus propósitos y valores. Lo cual confirma, la premisa de la teoría social cognitiva, cuando dice que en el contexto social en el que viven y se desarrollan las personas es determinante en la formación de actitudes y conductas, en este sentido papá y mamá son agentes significativos de socialización para sus hijos e hijas y el ambiente del hogar es el primer ambiente propicio para: observar, experimentar, conocer, y aprender ejemplos de amor, fraternidad; que fortalezcan vínculos de las primeras relaciones interpersonales. De ahí que una orientación afectiva desde temprana edad, es particularmente esencial, porque refuerza potencialidades con características más humanas.
Por tanto, cada día me convenzo más de que las actitudes influyen de algún modo, porque  tienen el poder de transformar nuestras vidas, ya sea  para bien o para mal.  Puede pensarse que al darnos cuenta y saber dirigir nuestras impresiones de manera más apropiada, probablemente las relaciones con nuestros semejantes, sean más satisfactorias, por cuanto, el significado de nuestras experiencias se tornará mucho más grato, pudiendo entonces, disfrutar de nuestro bienestar.
Se sabe que la persona al no estar sana en su integralidad, mantiene una actitud testaruda, antisocial, conflictiva, egoísta e infeliz, y le cuesta desarrollar sentimientos de sensibilidad humana. Lamentablemente, estas actitudes negativas,son el resultado de experiencias personales, que la dominan y no han sido superadas.

Si yo estoy bien, tú estás bien.
Es así, como desde la perspectiva de la psicología social, se estudia la actitud de los seres humanos para predecir las posibles conductas. Por ejemplo, cuando observamos la actitud de una persona, es posible prever su modo de reaccionar, lo que significa que cuando alguien adopta, una actitud agresiva o defensiva, se predispone de una manera particular ante las interacciones. Por tanto, la actitud cumple diversas funciones en la vida social, de ahí que estas sean una motivación social, más que una motivación biológica, que permite adaptarnos mejor al entorno en un intento por minimizar los conflictos. Es bueno saber que una misma situación la podemos afrontar, de una manera muy distinta según la forma como elijamos manejarla. 
En consecuencia, si queremos modificar actitudes que no van de acuerdo con lo que deseamos, es importante que diferenciemos una actitud positiva de  actitud negativa. La actitud positiva, es aquella que contribuye o colabora, con el buen comportamiento de la persona para enfrentar la realidad de una manera más sana y efectiva; por el contrario, la actitud negativa, es aquella forma de responder que dificulta las relaciones con los demás. Esto significa, entonces, que en el fondo hay un aspecto muy personal que promueve la actitud, sea esta positiva o negativa, lo cual genera ambientes agradables o desagradables, con la familia, la pareja, los amigos, el medio laboral, político y social.
Ahora bien, esta posición existencial“si yo estoy bien, tú estás bien”, está inspirada en la teoría de Análisis Transaccional de Eric Berne (1976), científico en el campo de la psicoterapia, quien es señalado como el cirujano de la psiquis humana. Su teoría, permite comprender, por qué actuamos de una manera determinada y cómo provocamos en los demás una reacción dada.  Esta reacción no sólo nos hace conocernos a nosotros mismos, sino que nos hace reflexionar y darnos cuenta de que esas distintas maneras de sentir pueden ser orientadas de la mejor manera posible,  para que funcionen a nuestro favor, en cada momento particular y social de nuestra vida. Dice, que la persona desde que nace, es fundamentalmente relacional, y que de hecho necesita ser educada con una relación de amor desde su familia -ámbito perfecto, para dar seguridad y bienestar-, si se proporciona a los hijos la oportunidad de dar apoyo, de ser escuchados y reconocidos.
Cuando la persona desde su infancia se sitúa en estas condiciones, se le facilita el acceso a los logros y a su autorrealización. Esta teoría, se concentra en las interacciones de unas personas con otras y en el cambio de estas interacciones para la solución de problemas emocionales. Todos tenemos un cierto potencial humano que podemos desarrollar generando actitudes comprensivas y valiosas, que sirven para enfrentarnos a todos los estímulos ambientales, sin importar cuan difíciles sean éstos, porque somos responsables de nuestra propia vida para actuar a través de nuestras propias decisiones.
De modo, que es interesante, saber que las historias descritas en el libro “Si yo estoy bien, tú estás bien, aunado a la popular premisa: “no hagas a nadie, lo que no quieres que te hagan a ti”, surge de la necesidad de ayudar a todas aquellas personas que al compartir sus experiencias personales conmigo, buscaban la mejor manera de afrontar sus dificultades personales, por tanto agradezco a todas aquellas personas que depositaron en mí toda su confianza  al narrar sus propias historias y que hoy en día enriquecen a este libro. 

Se encontrará también en el libro testimonios de mujeres, madres, sometidas a violencia doméstica y las actitudes, y de cómo estas, afectaban profundamente el comportamiento de los hijos e hijas. Asimismo, el rendimiento escolar de muchos de mis estudiantes, que para esa época estuvieron involucrados en dicha experiencia. 



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