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lunes, 24 de febrero de 2014

"¿Será que nuestro hijo sufre de anorexia?"

“Soy padre de tres hijos varones (18, 16 y 13 años respectivamente), mi esposa y yo creíamos que estábamos criando a nuestros muchachos con ciertos valores respecto a su alimentación. Por ejemplo, le explicábamos lo negativo de consumir comidas chatarras, bebidas gaseosas o comer dulces con mucho chocolate y cremas. Ésto, porque en la familia de mi esposa hubo antecedentes de obesidad y anorexia. Pensábamos que teníamos controlado este tipo de cosas, pero al contrario nos encontramos sorprendidos.

El caso es que nuestro hijo mayor de 18 años, ahora nos ha causado problemas en cuanto a su alimentación. Desde que comenzó a estudiar en la universidad se entrega tanto a ella que dice no tener tiempo para comer. Aunque lo vemos comer un poco y más que todo frutas. Esto nos tiene preocupados porque ha bajado algo de peso. Le hemos ofrecido llevarlo al médico y se resiste a ir; nos responde que irá más adelante cuando salga de trabajos atrasados. Además dice que lo dejen en paz, que ya no es un niño. 

También vemos que se ejercita toda la semana. Lo cierto es que no encontramos ya que decirle para que entienda las dificultades que puede encontrar gracias a la deficiencia de nutrientes que hay en su dieta diaria. Nos gustaría saber si nuestro hijo va por el camino de la anorexia y, si no, qué podemos hacer para prevenirlo de estas enfermedades y que vuelva a la cordura.

Los trastornos de conducta alimentaria son enfermedades mentales, las más conocidas son: 

La bulimia: se caracteriza por atracones habituales y vomitar la comida (o autoinducido) y uso de laxantes. Las personas pueden tener peso normal o sobrepeso. 
La anorexia: la persona anoréxica no come, tiene miedo extremo de aumentar de peso, suelen ser muy delgadas y con un peso inferior al normal. 
La obesidad: es una adicción a comer en exceso, sin hambre y sin parar. 

Todas estas enfermedades interfieren en el funcionamiento normal del cuerpo y de las actividades cotidianas. De allí que estas enfermedades requieran ser tratadas por personas de varias especialidades: psicólogos, psiquiatras, nutricionistas, endocrinos y orientadores de familia. 

Pueden tener origen en factores hereditarios, presión social, problemas familiares o hechos violentos.

Posiblemente, el caso que nos ocupa no necesariamente enmarca algunas de estas enfermedades, aunque la actitud indiferente del adolescente puede influir mucho en el desarrollo de futuros trastornos alimenticios, debido a la predisposición por antecedentes familiares.

El abordaje de los desórdenes alimenticios se centra en ayudar a niñas, niños y adolescentes a afrontar sus problemas con la conducta alimentaria y a establecer nuevos patrones de pensamiento sobre la comida y la forma de relacionarse con ella.

 La propia imagen corporal nuestra puede influir sobre la de nuestros hijos. Por tanto, es bueno centrarse en lo que es saludable en vez de en el peso y asegurarnos de que ellos saben que los amamos por quienes son y no por su aspecto.

Es recomendable que los padres no iniciemos discusiones sobre el tema, tampoco un juicio, sino que nos mostremos cariñosos y digamos en privado a nuestros hijos que nos sentimos preocupados por su salud. Hablemos claramente sin rodeos hasta convencerlos de ir al médico, lo cual resulta conveniente para que los muchachos den su consentimiento y se hagan responsables de la situación. Conociendo el problema es comenzar su solución.

Es importante también hacer notar que algunos programas de televisión y actividades deportivas influyen en nuestros hijos. Pueden estar tratando de imitar a un modelo ideal, reduciendo drásticamente lo que comen y hacer ejercicios compulsivamente para desarrollar masa muscular; por lo que se hace necesario afirmar su autoestima, fortalecer actitudes sanas en relación a la alimentación y al aspecto físico. Asimismo aclarar problemas que puedan estar instalados en nuestra casa y que los afectan sin darnos cuenta.

martes, 4 de febrero de 2014

                                                                    "Se siente desmotivada en la escuela"


"Cuando inscribí a mi hija hace cinco años en el colegio donde estudia actualmente su quinto grado de educación básica, decidimos, entre mi esposo y yo, que cubría nuestras expectativas debido a su reconocimiento respecto a los valores que transmitía. 

Hasta este momento todo funcionaba muy bien. Sin embargo, desde el inicio de su primer lapso ha bajado las calificaciones porque todo es una pereza para que complete sus tareas. Dice: “¿para qué hacer tareas que ni siquiera corrigen?”. Esto me llevó a visitar a la maestra, quién me señaló que ciertamente a veces no se piden las tareas porque no da tiempo para corregir; pero que ello no justifica que la niña no las lleve a cabo. 

Igualmente me informó que últimamente, mi hija participa muy poco en las actividades de clase. Lo cierto es que hemos visto mucho desinterés por los estudios en ella, no entendemos lo que ocurre realmente". 

Cada niña, niño y adolescente, aprende en forma diferente. Probablemente alguno necesite escuchar la música de su preferencia y estudiar por tiempos cortos, mientras otros requieran un completo silencio, visualizar y realizar la actividad sin interrupciones.

Asimismo, no todos se concentran igual en las mañanas que en el resto de la tarde. Como progenitores responsables debemos brindar a nuestros hijos las posibilidades y las herramientas necesarias para que aprendan acercarse al conocimiento. 

Es importante que valoremos sus ideas, mostremos entusiasmo frente a las dudas y averigüemos juntos las respuestas. Con actitudes como estas brindamos confianza para que asuman sus inseguridades e inquietudes como elementos fundamentales de los aprendizajes y no teman preguntar a su maestra(o). 

En el caso que nos ocupa, es fundamental que nos aseguremos de compartir con nuestros hijos espacios diferentes de los deberes escolares. Quizás ella o él, este creando situaciones de afrontamiento porque encuentra que es la única forma de compartir con nosotros.

Si a esto no responde, es bueno verificar que entienda las instrucciones; si por ejemplo tiene dudas debemos ayudarlos a buscar las respuestas. Lo verdaderamente importante, es ayudar a nuestros hijos a encontrar la forma en que se les facilite el aprendizaje, así permitiremos que asimile mejor la información. 

Preguntémonos cómo lograr mejores resultados que lleven a encontrar lo que se acopla a cada uno de nuestros muchachos. Si el problema persiste, dejémoslos incumplir en el colegio y que asuman las consecuencias, dígamosles que las tareas son asunto de ellos; tal vez así asuma su responsabilidad. Evitemos presionar y, si el problema persiste, hablemos de nuevo con su maestra, ya que puede que tenga problemas que requieran asesoría particular.

martes, 28 de enero de 2014

“Por el hecho de que el liceo donde estudian mis hijos (12 y 14 años) queda cerca de donde trabajo, aún los acompaño al liceo. Esta situación ha traído diferencias y molestias a la familia ya que en cuanto me retiro, mis hijos me dicen que sus compañeros de clase se burlan y se ríen porque, “y que están muy grandes para que mamá los acompañe” También me dicen, que yo los tengo “sometidos”.

 Mi hijo mayor habló con su papá hace poco y pidió que me dijera que lo dejara ir sólo al liceo porque está “suficientemente” grande como para que todavía yo los acompañe. Dijo que si quiero lleve sólo a su hermana. Esta situación me tiene apenada y sorprendida, pues no termino de entender ¿Cómo es posible que actitudes desagradables de otros afecten el bienestar de la familia?

Como madre responsable, pienso que he cuidado a mis hijos lo mejor que he podido. Desde pequeños les llevaba a su colegio, siempre me ha interesado saber dónde se desenvuelven. Aunque también entiendo que están creciendo y que quizás es hora de que “los suelte”, pero sucede que hasta ahora no he procurado que se vayan solos, tal vez por el miedo de que les pase algo malo, pues la zona donde vivimos se mantiene a oscura y hay mucha inseguridad. Comprenderá mi miedo".

Desde el amanecer hasta el oscurecer nos enfrentamos a contratiempos, miedos, rechazos e intolerancias de todo orden, que pueden provocar en nosotros desequilibrios. Tratamos de pensar razonar y analizar lo que tiene sentido en nuestra vida. Eso es bueno, porque nos conduce a meditar, reflexionar, y hasta a buscar ayuda para canalizar nuestras emociones en esos eventos que nos desconciertan.

El miedo es una emoción normal que todos hemos experimentado cuando afrontamos a ciertos estímulos tanto reales como ficticios. Es necesario y adaptativo. La mayoría de nuestros miedos serán pasajeros y no representarán ningún problema, irán desapareciendo en función de la edad y del desarrollo psiconeurológico. Sin embargo resultarán útiles en ocasiones, pues nos ayudan afrontar de forma operativa y adaptativa situaciones amenazantes para sobrevivir.

Por ejemplo; nuestros hijos no deben tener miedo al trasladarse solos a su liceo., pero sí deberán ser prudentes al estar atentos de los atajos que transitan. Por tanto, no solo será normal sino también necesario, que nuestros hijos vivan experiencias concretas, ante situaciones y pensamientos que impliquen cierto riesgo real, evitando así correr potenciales riesgos más adelante que pudieran ser lo suficientemente importante como para alterar de forma significativa su vida o la tranquilidad de todos en la familia.

Saber que nuestra estabilidad emocional depende de nuestra seguridad y confianza hacia nosotros mismos, y que sólo nosotros somos sujetos de nuestro propio bienestar, es imperativo.

Esto nos ofrece tranquilidad y fortalece nuestro estado de ánimo; nos ayuda a manejar ciertas actitudes equivocadas de otros, y a entender nuestro contexto. Es importante que entendamos que cada experiencia es un nueva oportunidad para sensibilizarnos y desarrollar en nuestros hijos, hábitos positivos, optimistas y transparentes.

Estamos conscientes que nuestra vida no es perfecta. Sin embargo, somos personas con grandes potencialidades y capacidades para lograr manejar de la mejor manera posible, nuestras propias emociones y ponerlas a nuestro servicio.

Así, nuestra existencia será más humana, más liviana, más agradable y placentera. Informarnos y buscar herramientas sobre lo que pasa con nuestras emociones, nos hace sentirnos más valiosos y confiados.

Nuestros hijos reducen su miedos a estímulos concretos para ir dando paso a temores relacionados con la autoestima personal (temor al fracaso personal o escolar…) y a las críticas, al rechazo, preocupación o reconocimiento por parte de sus compañeros de clase.

Como progenitores responsables debemos conocer que en esta etapa nuestros hijos comienzan el distanciamiento familiar y la necesidad de experimentar nuevos riesgos como una forma de autoafirmarse dentro del grupo de pares, dejando atrás las etapas infantiles y tomando su propio protagonismo.

Ciertamente, son etapas difíciles de afrontar en la familia, como padres nos sentimos preocupados por lo que pueda suceder a nuestros “querubines”. Sin embargo, estamos dotados por nuestra naturaleza  aprender a manejar de manera positiva lo que nos depara la vida.

Todos los padres pasamos por estos momentos de inquietud e incertidumbre, pero es nuestra obligación  aprender a manejar conscientemente estas situaciones concretas con paciencia y afrontarlas responsablemente.

martes, 21 de enero de 2014

"Mi deseo es ayudar a mi madre"

“Soy la mayor de mis tres hermanos (tengo 17 años de edad, mi hermana 14 y mi hermanito 10), mis hermanos son de padres biológicos diferentes y ninguno de ellos convive con nosotros.
Mi madre es una mujer que apenas tiene 40 años y parece de 50. Nunca descansa. Es secretaria en una empresa que le exige demasiado. Ella se forja mucho porque dice que hay mucha competencia y pocos empleos y debe cuidarlo. Ella sólo está pendiente del trabajo.
Dice sentirse constantemente agotada. Me preocupa que se enferme por todas las cosas que tiene que hacer. A mí se me ha hecho difícil concluir mi bachillerato, por muchos inconvenientes.
Veo a mi madre con tantas obligaciones que la apoyo en todo lo que puedo. Por eso, no dedico mucho tiempo a mis estudios; además en el instituto faltan 2 profesores de las materias más importantes (matemática y física) que no hemos visto en el primer lapso, y por los vientos que soplan no sabemos cuándo llegarán. Así, que prefiero cuidar a mis hermanos.
Soy testigo de que mi mamá nos ama, que quiere lo mejor para nosotros y hago lo posible en ayudarla. Mi hermana es una holgazana, cursa segundo año, va mal, tiene cuatro materias aplazadas hasta ahora. Estudia en el mismo instituto que yo. Ella también tiene problemas de dos profesores ausentes. 
Mi madre ya no halla qué decirle y poco hace caso por mejorar. En cuanto a mi hermanito, menos mal que va bien en su quinto grado; aunque tampoco ayuda mucho en los quehaceres de la casa. El asunto es que mi tía, hermana de mamá, me dijo que buscara apoyo para ver hasta qué punto podemos ayudarla a ella a entender que necesita algo más que trabajar.” 

Es necesario saber que el contexto en el que viven y se desarrollan nuestros niños, niñas y adolescentes, es determinante en su conducta posterior. De acuerdo a la Teoría Social Cognitiva, los padres somos agentes significativos de socialización para nuestros hijos y el ambiente del hogar es el primer contexto en el cual ellos observan, experimentan y aprenden sobre las relaciones interpersonales. En el caso de nuestros jóvenes, la relación está signada por la calidad de la comunicación en los acuerdos y negociaciones que se hagan desde el hogar. 

Vivimos en un cambio y transformación constante desde todo punto de vista, especialmente desde la perspectiva de desarrollo humano y de la familia. El adolescente también es gestor de su propio desarrollo de crecer y “madurar" de acuerdo con la relación que tenga con sus progenitores, y demás familiares, las instituciones y la sociedad. Él aprovechará o no, una serie de relaciones y mensajes de manera productiva. 

Entonces es necesario considerar dos aspectos:

En el caso que nos aprovecha, el no encontrar motivación en la institución educativa, lleva a esta muchacha a sobrecargarse de las preocupaciones que tiene su madre. Pero también es deber de los padres estar conscientes de saber que la persona que lleva la responsabilidad de hacer cumplir la autoridad en el hogar, somos nosotros. Los padres también son protagonistas en generar motivaciones a sus hijos.

Asimismo, el ejercicio del afecto, nos va a permitir establecer y mantener el nivel de comunicación necesaria con nuestros hijos, para que cada uno conozca el cumplimiento de sus deberes en el estudio como en el disfrute de sus derechos. 

Es necesario que estemos conscientes de que nuestros hijos pueden cooperar y compartir ayudando en los quehaceres del hogar de modo equilibrado, sin que por ello tengan que cargar con la responsabilidad del rol de adulto antes de tiempo. 

Sin embargo, asumir responsabilidades que no les competen aún; como por ejemplo, el cuidado de los hermanos y el desempeño de todas las labores domésticas, lesiona profundamente su bienestar psíquico, moral y emocional en su proceso natural de desarrollo. 

Aquí no se trata de apoyar “holgazanes”, nada más lejos de la realidad, pero tampoco de darle el papel protagónico del rol de padres que no les pertenece y de no dar opciones a observar nuevas expectativas de vida a través de buenas oportunidades de estudio que les ofrezca la posibilidad de cursar y concluir con éxito su educación. 

Cuando ofrecemos y permitimos un trato digno y de respeto a nuestros hijos, tal como: desarrollar su propia identidad, el valor de sí mismo, la corresponsabilidad y la solidaridad humana, hacemos que se apropien de su entorno y ayudamos a que se abran las puertas de la expresividad a todos por igual. Lo contrario, origina en ellos mucha presión o sentimientos de desamparo e inseguridad. Así esto resta la motivación y los estímulos enriquecedores para su crecimiento.

Por otro lado, en un segundo aspecto, es importante darnos cuenta de la importancia de darnos un tiempo a nosotros mismos y cómo no hacerlo perjudica no sólo a nosotros sino también a quienes nos rodean.

El proceso de cada uno de nuestros hijos debe nutrirse de varias experiencias al dar nuevas opciones para entender el valor de la vida y adaptarse a ella. Por tanto, es bueno que conozcamos que cada etapa debe atravesarse a su tiempo, sin apresuramiento, para que no lleguen a la adultez con un grado de desconcierto y de inmadurez emocional.

Encontremos entonces tiempo para relajarnos de las presiones del trabajo, de la cotidianidad y explorar alternativas creativas que nos brinden apoyo. Éstas pueden incluir a otros familiares que pudieran respaldar posiciones y nuevos cambios de actitudes positivas. Esto es prioritario para el buen funcionamiento de nuestro núcleo familiar.

miércoles, 15 de enero de 2014




















“Lo único que quería de mi padre era un poco de cariño y atención”



"Tengo 17 años de edad, conocí a mi papá biológico hace tres años por mera casualidad (desde hacía un buen tiempo había escuchado de él, pero estaba con la expectativa, mi mamá no sabía nada).

 Mi madre nunca me habló de él, ahora me explico por qué ella y mi abuela siempre “se secreteaban”. Cuando yo llegaba o estaba cerca de ellas, se callaban la boca y no sabía por qué actuaban de esa manera.

Conocí a papá uno de esos días en el que buscaba respuestas sobre mí. Acordamos un encuentro y me habló sobre la “efímera” relación con mi madre. Me aclaró muchas cosas que no entendía, la pasábamos bien, le dije que sabía que tenía un hermano y que me gustaría conocerlo, con lo que quedó “comprometido” en que de vez en cuando estaríamos en contacto y, en efecto, así fue. Todo parecía ir bien.

A mi madre le comentaba las cosas que sucedían en nuestra relación, me veía muy entusiasmada y hasta le conté la buena aceptación que había tenido con la pareja de papá, por lo que mi madre me comentó: “ojalá no sea simple apariencia y te lleves un fiasco”. Y ahora veo por qué lo decía.

El caso es que no he sabido ni de mi padre ni de mi hermano desde hace seis meses, no entiendo qué fue lo que hice o qué fue lo que sucedió. No se han vuelto a comunicar conmigo, cuando llamo a su casa, me dicen que esa familia no vive allí. He pasado varias veces y no he dado con ellos.

Mi madre me dijo, “yo sabía que ese señor te iba dejar esperando, él nunca nos quiso, me dejó embarazada y no asumió nunca su responsabilidad”. También dijo que dos años después de mi nacimiento se unió a quién hoy es mi padrastro y que fueron ellos dos quienes siempre estuvieron pendiente de mi y nadie más. Ahora, me pregunto ¿cómo es posible que mi padre haya mostrado ser lo que no era? Si lo único que yo quería de él era un poco de cariño y atención; además de fortalecer así nuestro vínculo, claro está, respetando su propio espacio”.

Todos los seres humanos tenemos derecho a establecer lazos filiatorios y a tener acceso a nuestros orígenes biológicos a partir del momento en que adquirimos madurez suficiente, ya que esto es cuestión de identidad personal. Tenemos derecho a saber de dónde venimos, a dónde vamos y quienes de nuestros familiares nos apoyan. Eso da seguridad y confianza.

Conocer por ejemplo, las circunstancias de nuestro nacimiento y del posterior abandono; así como identificar a nuestro padre biológico y hermanos es cuestión del derecho de nuestra vida íntima. Todo eso forma nuestra historia de vida para valorarnos o descalificarnos, y ello condiciona nuestra manera de actuar porque ejerce presión sobre nuestra autoestima (núcleo central de nuestra personalidad). Esto influye más adelante en nuestras actitudes y hasta en el modo de juzgar a los demás y a nosotros mismos.

Vemos que el punto que nos ocupa en este relato, es el malestar que subyace en la adolescente.

En este sentido, se comprende el malestar y confusión de esta adolescente respecto a la actitud de su padre. Lamentablemente, algunas personas desarrollamos una comunicación inoperante o inadecuada y “mostramos ser quienes no somos”. Ello obedece a una tendencia basada a un cierto miedo de expresar nuestros propios sentimientos.

Algunas personas tenemos mucho miedo y nos lleva a la necesidad de fingir o aparentar, a fin de lograr la atención y el respaldo de otros. Ambos nos hacen sentir bien y “seguros”, temporalmente. Este tipo de actitud suele ser aprendida en el hogar durante la infancia. Por ejemplo, cuando hubo momentos en que nuestros padres sólo nos mostraban afecto y reconocimiento si actuábamos de manera complaciente, pero nos reprendían o ignoraban si hacíamos lo contrario.

Clarificar este tipo de condicionamiento afectivo es importante ya que el afecto no puede estar supeditado a las actitudes que toman nuestros hijos o seres queridos. 

Es importante también saber que nosotros tenemos en nuestras manos el control de nuestras vidas para poder ser honestos, auténticos sobre nuestra forma de elegir, pensar, sentir y actuar de modo distinto y más provechoso.

Como padres debemos conocer que el valor del afecto se cultiva día a día (abrazos, besos, caricias, elogios) de manera constante, ya que la seguridad emocional de nuestros adolescentes y jóvenes dependen en gran manera de nuestra continua interacción. Saber esto marcará la pauta para desarrollar las mejores relaciones.

Existen estudios que señalan que hijas e hijos de padres ausentes exhiben más problemas de conducta y están menos capacitados académica, social, y psicológicamente que aquellos padres que frecuentemente están presentes en sus actividades. Cuando un adolescente se encuentra en esta situación, se le recomienda ser firme y determinante respecto a la atención por parte de su padre o madre) aquél que se encuentre ausente, indicándole que en cuanto él se comunique con ella, le plantee dos opciones firmes de elección. Puede manifestarle: “Papá, o te haces cargo de estar presente en mi vida o te alejas de mi y todo lo que pueda recordármelo”. Si el padre decide alejarse, pues bien, debe aceptarlo y sacarlo de su vida. Comenzar a vivir de modo auténtico y genuino; afirmando y fortaleciendo cada día su autoestima, la cual le ayudará a crecer como ser humano y alcanzar sus propios éxitos.

Esta determinación de la adolescente, la enseñará a lidiar y afrontar nuevas experiencias y a poner un alto a la “comodidad” de aquellos que actúan sin considerar las repercusiones de sus actos. Así evitará muchos problemas emocionales, morales y espirituales, a lo largo de toda su vida.

miércoles, 8 de enero de 2014

"Me siento fatal por haber ofendido a mi madre"

“Muchos de mi grupo de amigos me dicen que tengo un carácter muy fuerte, que siempre estoy a la defensiva, que parece que todo lo que me dicen lo tomo como algo personal y que hay días en que mis palabras ofenden.

Tanto es así, que dicen que desearían dejarme a solas y no tratarme más. Realmente me he puesto a pensar sobre todas mis reacciones y he llegado a la conclusión de que siempre me he sentido sola, que me fastidia lo que me rodea y que todo lo que me sucede es culpa de los demás.

A mi padre nunca lo conocí y mi madre vive trabajando todo el día como si nada más tuviera interés para ella. No hablamos, eso sí…, peleamos mucho; hasta me he querido largar de mi casa, pero económicamente no estoy preparada para ello. No hay mucho apoyo familiar.

En la última pelea parece que me sobrepasé y de verdad me siento muy mal por las cosas que le dije a mamá. He intentado hablar de nuevo con ella, pero me cuesta demasiado, no sé que es lo que me está pasando. Me siento fatal por ofenderla. Entiendo que no puedo seguir despotricando de todo el mundo y menos de mi madre.”

Numerosas personas manifiestan los “dramas” de sus experiencias culpando a otros de sus propios desaciertos para sentirse más “tranquilos” y negar sus responsabilidades. Muestran actitudes indeseables, que mantienen por meses y hasta por años. Por tanto, anulan su imaginación, originalidad y talento, lo que bloquea el desarrollo de su socialización.

Estas actitudes negativas pueden causar daños irreversibles. Probablemente, para estas personas, la relación afectuosa representa una pesada carga. Tal vez nunca hayan experimentado un reconocimiento positivo; una acaricia, un abrazo o una llamada telefónica que le muestre lealtad, o no han escuchado la frase de un amigo: “estoy contigo en las buenas y en las malas”. De este modo, ronda entre sus sentimientos la frustración, la insatisfacción, la irritabilidad, la provocación; transformados en agresividad o tratos desenfrenados, que provocan peligrosos sentimientos tóxicos en el ambiente en el cual se desarrollan.

En este sentido,es importante conversar, sobre todo con aquellos a quienes nuestra actitud ha ofendido, sobre diferentes aspectos de la personalidad y autoestima. Los padres deben saber que cuando manejamos las conductas de nuestros hijos e hijas, sin darnos cuenta, construimos la futura personalidad de cada uno de ellos, de acuerdo a nuestros principios y valores. Éstos van a funcionar como un listado de virtudes que copiar, pero también, de errores que enmendar. Todo este bagaje de información hace que la persona se desarrolle o no en un ambiente afectivo, asertivo y productivo.

De modo que la forma en que, cuando éramos pequeños, los adultos reaccionaron ante nosotros es con frecuencia, la forma en que ahora nosotros mismos reaccionamos, tanto positiva como negativamente.

Si consideramos que tenemos mal carácter es importante pensar por un momento en las palabras, actitudes y gestos que frecuentemente usaban nuestros padres cuando de pequeños nos regañaban (“cállate”, “no interrumpas”, “no haces nada bueno”...) A continuación, podemos recordar algunos elogios o alabanzas de nuestros padres (en este caso en particular la muchacha señaló no tener idea de lo que se decía)
Es probable que descubramos que -tal como descubrió la muchacha- empleamos ahora las mismas palabras que usaban nuestros padres.

Sondra Ray citada por Hay(2005), sostiene que todas las relaciones importantes que tenemos son un reflejo de lo que tuvimos con uno de nuestros padres. Es decir, nuestras relaciones son espejos de nosotros mismos. A este respecto, el autoconcepto puede potenciar y desencadenar grandes conflictos en el hogar y entorno social. Para sentirnos confiados y seguros los seres humanos tenemos la necesidad de ser amados por otros.

En la familia hay que fomentar el establecimiento de afectos agradables (caricias, abrazos, elogios, palabras amables y generosas) a través de una comunicación acertada; pues ofrece la posibilidad de poder expresar lo que se está sintiendo y cómo se está interpretando lo que nos pasa. Sólo la claridad de conceptos y la amplia discusión familiar, permite el establecimiento de un proceso afectivo, sano y confiado, evitando la confrontación innecesaria y el conflicto destructivo al que muchos están acostumbrados.

Muchas conductas y lenguaje de nuestros hijos son indicadores que no debe pasar por alto y que exige su atención y razonamiento. Ello debe ser evaluado y analizado continuamente con amor y firmeza; pero con serenidad y paciencia. Ésta es la vía más operativa para rescatar la confianza de su hija y desarrollar su capacidad de amar y tomar decisiones dentro del derecho de ejercer su libertad; pero a la vez saber que en su hogar existe una doctrina con normas establecidas que debe respetar, la cual le otorga deberes y derechos que también debe cumplir.

De ahí la importancia de que los padres podamos enseñarle a nuestros hijos sus debilidades; pero también el reconocimiento de sus fortalezas como los mejores recursos de su personalidad, a fin de que aprende a tomar decisiones y a tolerar sus propias frustraciones.

Dirigir nuestros sentimientos puede ser una tarea que necesite de un buen manejo de la tolerancia que tenemos que aprender para coexistir en el mundo de las interacciones. Muchas veces el dolor puede ser, en ciertas personas, un estímulo desencadenante de una respuesta violenta; por el contrario, en otros el mismo dolor  desencadenará  otra respuesta básicamente distinta.

Poseer control sobre nuestras emociones nos conduce a la búsqueda de alternativas creativas de negociación y acuerdos para la solución de nuestros problemas.

Darnos cuenta de nuestro propio poder (fuerza, capacidad, eficacia) enriquece nuestro mundo interno y desarrolla vínculos de afecto. Es necesario que descubramos el valor que representa cada persona en nuestra vida para brindar lo mejor de nosotros mismos. A todos nos gusta que nos traten con amor, con respeto; que nos brinden un poco de atención y deferencia; porque todo esto forma parte de nuestra dignidad y es lo que trasciende a nuestra personalidad, la cual se proyecta hacia la colectividad.

jueves, 19 de diciembre de 2013


“Entendemos que nuestra hija ya no es una beba, que crece rápidamente, que dentro de poco será una linda señorita sana e inteligente y que tal vez ella pueda entender más que nosotros lo que está ocurriendo dentro y fuera de ella. Sé que como padres hasta ahora hemos sido unos afortunados y damos gracias a Dios por ello; porque a pesar de sus catorce años de edad es una “niña” responsable en su liceo, casi siempre recibimos felicitaciones de sus profesores por su buen comportamiento y que también es así en nuestra casa, pues colabora con lo que se le asigna. Es por esto que creo que es diferente a muchas niñas de catorce y quince años que andan por allí desenfrenadas haciendo lo que les venga en gana.

El caso es que nuestra "niña" ha comenzado a pedir permisos para ir con sus compañeros de clase a bibliotecas o a divertirse a otros lugares sin la presencia de nosotros. Ahora hemos comenzado a tener ciertas diferencias por dar esos permisos, porque se los hemos negado. Esto es porque sinceramente nos da miedo de que ande por allí con tanta inseguridad y aunque no la hemos dejado ir, hasta ahora se ha quedado “tranquila”. Aun así sentimos que dentro de poco no vamos a poder manejar la situación; pues entre sus compañeros la eligieron para formar un equipo de trabajo y hacer la actividades del liceo. Por todo esto estamos preocupados de que le pase algo malo y no sabemos si dar o no los permisos”.

El mayor desafío de la maternidad y paternidad responsable en nuestra sociedad contemporánea apunta a un repensar sobre el modelo de conducir a nuestras hijas e hijos por la vida. Esto significa, a cómo debemos vivir y lo que hace que una acción sea buena o mala. Formarlos desde la infancia para que aprendan a ser consecuentes y considerados en sus acciones, así como apropiarse y a responder por sus errores, es posible. Sólo que la única manera de hacernos responsables, es marcando una pauta haciendo un alto en nuestras actividades cotidianas y reflexionar sobre la educación en valores y como ésta ha sido impartida hasta ahora.

Todos los padres pasamos por la experiencia de ver a nuestros hijos crecer, de ver que nuestras “niñas y niños” se van transformando en mujeres y hombres sin darnos cuenta que tan solo es un proceso definitivo de cualquier ser humano. En el testimonio de esta madre, se aprecia la desorientación e inquietud frecuente por la que seguramente pasamos muchos de nosotros cuando nuestras hijas e hijos se acercan a este período tan vulnerable como es la adolescencia. 

Probablemente, lo que queremos evitar son los dolores y calamidades que muchos tuvimos que enfrentar en esta etapa. De ahí que es importante que como padres nos informemos, por ejemplo, que la adolescencia es un proceso caracterizado por cambios corporales y por la adaptación al medio, y que ello coloca a nuestros hijos en una situación de conflicto, donde la fortaleza se enfrenta a la sociedad. Sufrimos entonces, la espera de que la resultante de esa interacción sea una persona sana, con capacidad de tolerar frustraciones y con aspectos asertivos en su personalidad.

Saber también que ellas y ellos necesitan aprender a canalizar sus emociones y que conducidas con orientación pueden ser muy creadoras pero dejadas al azar, puede convertirse en un proceso devastador que deje secuelas irreversibles. Por eso, es bueno saber evaluar hasta qué punto son responsables y maduros. 

Si estamos viviendo esta situación, al principio podemos ceder permisos de día, para cosas puntuales y supervisadas por nosotros, a medida que se vayan cumpliendo las condiciones dadas, podrá empezar a movilizarse sólo en horarios diurnos, de modo progresivo, negociando y logrando acuerdos; incluyendo las consecuencias si no se cumplen.

Lo importante es no descuidarse, porque ellos no poseen suficientes estrategias para tomar todas las decisiones. Estar siempre claros de que el grupo de amigos es muy fuerte y que es el período en que aparecen las conductas de riesgo. Por tal razón es importante, ser claros y consistentes en los permisos sin sentimiento de culpa cuando hay que decir que no; pues es de vital importancia poner estos límites, porque marcará la pauta y el equilibrio necesario, a fin de que tanto ellas, ellos y nosotros tengamos la oportunidad de crecer responsablemente juntos para el mejor bienestar posible de la familia.

martes, 17 de diciembre de 2013


"Soy madre de tres hijos y, tanto mi esposo como yo, hemos tratado de hacer todo lo posible de educar a los niños lo mejor que hemos podido. El caso es que ya no sabemos cuando nuestro hijo de ocho años dice la verdad. Por ejemplo, primero el jueves llamó a la abuela por teléfono y le dijo que lo viniera a buscar a pasar el fin de semana porque el viernes no tendría clase. Esto era mentira. Después dejó regado objetos en su cuarto y dijo que fue una de sus hermanas, esto también era falso. Lo último que hizo ahora, fue que rompió la hoja del cuaderno de clase para que no viéramos la calificación deficiente que le había puesto la maestra en un ejercicio de castellano.

Realmente este comportamiento fue el más alarmante para todos. Su papá le habló bien fuerte y le dijo que ahora no le compraría su bicicleta, que se había pasado de la raya; y, aunque no nos ha vuelto a mentir desde ese día, nos ha quedado cierta desconfianza sobre su proceder. Me gustaría saber el por qué de su comportamiento y que podemos hacer en lo futuro."

Es lógico que como padres se sientan preocupados e intenten obtener mayor información sobre los episodios de mentiras que han observado en su hijo. Sin embargo, algunos niños de esa edad suelen mentir una que otra vez, aunque tan seguido no se debe aceptar, porque tiende a transformarse en un mal hábito. Probablemente sea algo de baja estima e inseguridad.

Es importante saber el motivo y las causas de su comportamiento para poder tratarlo mejor. Decirle por ejemplo que una mentira significa engañar; es no decir la verdad. A la edad de ocho años un niño es capaz de tener conciencia de la realidad y es cuando a veces se dan cuenta que alterando la verdad pueden conseguir ciertos beneficios. Es aquí entonces donde hay que explicarle la importancia y los beneficios de ciertos valores de convivencia, tales como: la verdad, la confianza, la honestidad y la autenticidad. Si los padres pueden ilustrar con ejemplo la explicación de los valores, sería mucho mejor.

Ahora bien, son muchos los motivos por los que nuestros hijos pueden mentir como lo es el miedo. Probablemente lo hagan para evitar el castigo, sobre todo cuando preveen que esa va a ser nuestra actuación. Otro motivo es para llamar la atención, es decir, mientras explican la mentira con mucho entusiasmo, los padres los escuchan prestando atención. Esto lo hacen debido a que necesitan reforzar su seguridad. Asimismo, cuando sobre exigimos, pueden mentirnos para no defraudar nuestras expectativas. De modo que es importante favorecer la comunicación familiar para que nuestros hijos se sientan cómodos al expresar sus sentimientos y a la vez sean capaces de asumir la responsabilidad de sus acciones.

lunes, 16 de diciembre de 2013



“Estoy muy alarmada, hace días limpiando el cuarto de mi hijo mayor de 18 años de edad (tengo tres más: 13, 15 y una nena de 7), conseguí en su closet tres latas de cerveza dentro de una bolsa de papel; comprenderá tal sorpresa, no dije nada en el momento porque no supe qué decir, inmediatamente llame a mi esposo a su trabajo para contarle lo sucedido y para mi mayor sorpresa, su respuesta fue: ¿Y para eso me llamas…? “Tú sabes que los muchachos ahora se reúnen y toman algunos tragos; además no veo nada malo en eso. Tú siempre de exagerada” Comprenderá como fue mi reacción...

 Una vez en casa hablamos del asunto, le dije que como era posible que un padre responsable permitiera que uno de sus hijos fomente ese mal hábito y el peligro de que esa actitud condescendiente ante la situación pudiera traer muchos problemas para todo nuestro hijo, de lo que me respondió que unas “cervecitas, no dañan a nadie". No tengo apoyo de mi esposo ¿Qué hago?”

La actitud y comportamiento de los progenitores ante el consumo de bebidas alcohólicas tiene una gran influencia en nuestros hijos e hijas, de modo que es importante comenzar hablar de este tema desde la infancia. Los padres somos modelos para nuestros muchachos. Ellos y ellas imitan actitudes, gestos, palabras y muchas decisiones que evalúan y admiran de nosotros. Es más, nuestros hábitos son los que adoptarán hasta el final de sus días.

En el caso que nos ocupa es comprensible que la madre esté inquieta por la actitud permisiva de su esposo al no dar importancia al asunto. El padre está obligado a entender que si permite que su hijo de 18 años tome a solas o cada vez que este acompañado de su grupo de amigos, entenderá que esto formará parte de su estilo de vida y asumirá que el consumo de bebidas alcohólicas es natural y no pensará que es una decisión personal. A esta edad los adolescentes no se dan cuenta del problema real ni le interesan lo que piensen sus padres, están influenciados por su grupo de amigos que asocian la bebida a la diversión y sienten la presión para hacer lo mismo y ser aceptados; ya que ellos buscan reafirmarse a sí mismos.               

Por tal motivo, la comunicación en esta edad es más difícil, debido a la búsqueda de autonomía e independencia para formar su propia identidad. Así que como progenitores responsables de la vida de nuestros hijos, deberemos tomar la decisión consciente de fijar límites con cada uno de ellos, basándonos en la edad, en los valores y principios de crianza.

Es recomendable que los padres se liberen de miedos y preocupaciones y hablen francamente donde se escuchen las opiniones de cada uno de los integrantes de la familia. Hablarles, por ejemplo, de lo que significa el consumo moderado de alcohol y la diferencia entre este y el consumo nocivo, que incluye el tomarlo los menores de edad, manteniendo un tono afectivo con el hijo/hija y sus hermanos. Recordemos que el contacto emocional y espiritual con nuestros adolescentes y jóvenes, más el apoyo incondicional evita que el grupo de pares presione para el uso y abuso del consumo de alcohol. De modo, que todo dependerá del manejo equilibrado entre la conexión emocional y el tipo de independencia que queremos para nuestros hijos.

viernes, 13 de diciembre de 2013










¿Es mi hija lesbiana?


"Vengo en busca de ayuda, me siento confundida con lo que está pasando. El caso es que mi hija mayor por casualidad tomó el celular de su hermana de 17 años y le vio un mensaje que decía “nos vemos donde siempre para estar la tarde juntas”. Ella le preguntó quién le mandaba ese mensaje tan raro, y esta la mandó a callar y le dijo: "ssshhhhhhh… baja la voz, que mi mamá se entera”. Sin embargo, su hermana continúo insistiendo para saber por qué actuaba de esa manera.


Tanto la fastidió que le dijo: “hermana confió en ti, no sé cómo lo vas a tomar pero necesito decírtelo, yo creo que soy lesbiana, desde hace un tiempo me veo con una amiga y siento una fuerte atracción por ella. Esto me tiene nerviosa porque sé que está mal no sé cómo lo vas a tomar tú y sobre todo mi mamá, necesito que me ayudes para que ella me entienda”.

Como ve, esta situación no sé cómo enfrentarla, pues su papá se fue cuando ambas estaban pequeñas y cuento es sólo con mi mamá, pero esto es mucho para mí. ¿Qué hago? "

Relatos como estos son fuertes y hasta dolorosos para cada uno de los miembros del núcleo familiar, pues es una situación insospechada. A menudo es un choque de los padres enterarse de que nuestra “princesa” es homosexual.

Los sentimientos que perturban son muy confusos. Una madre por ejemplo, puede quedarse trastornada al descubrir lo que su hija realmente es. No obstante, otra puede tomar una actitud positiva acogedora y educativa, porque sabe que es la única manera de evitar secuelas irreversibles.

En el caso que nos ocupa, es bueno que la madre y la hermana amplíen sus conocimientos sobre el tema. Tomen tiempo para escuchar y platicar lo que piensa y siente verdaderamente la adolescente para resolver las cosas de la mejor manera. Pues, probablemente, ella esté descubriendo y definiendo su propia sexualidad. Como madres debemos saber, que durante la adolescencia la mayoría de nuestros hijos comienzan a percatarse de sus sentimientos sexuales y se interesan por salir con su pareja.

Muchas adolescentes, no se sienten atraídas físicamente por el sexo masculino, por el contrario le atraen otras mujeres. Asimismo, se van a conseguir con actitudes de rechazo de “amigas” y de otras personas conocidas. Se sentirán como que si no encajan dentro del grupo con el que compartían desde la infancia. Tendrán momentos en que se sentirán inseguras, confusas sobre si son o no lesbianas. Algunos adultos necesitarán tomar un tiempo para digerir la revelación y acostumbrarse a la idea. Otros pensarán que estarían más satisfechos si se les ocultara este tipo de verdad, cuestión que sería peligrosa para la adolescente.

A este respecto, La Asociación Americana de Psicología (APA), en su informe “Resolución sobre Orientación Sexual y Matrimonio” dice lo siguiente: “¡No es ético cambiar la orientación sexual! Las evidencias apoyan que el estigma social, el prejuicio, la discriminación y la violencia asociados con no tener una orientación sexual heterosexual y el ambiente social y hostil y estresante, creado de tal modo, afecta adversamente el bienestar psicológico, físico y social de las personas gay, lesbianas y bisexuales. Dicha situación tienen consecuencias fuertes y acumulativas sobre el bienestar de estas personas”.

De modo que es necesario señalar en este caso, que el hecho de que la adolescente lo haya confiado a su hermana, es una señal de su amor y de apoyo o comprensión que ella necesita tanto de su madre como de su hermana. Después de todo, para la adolescente, ustedes dos forman parte de las figuras más significativas que hay en su vida. Así, que es recomendable responder al apoyo incondicional que ella está necesitando.

Cantidades considerables de lesbianas y gay, comparten relaciones duraderas y estas comunidades prestan un cálido apoyo a sus miembros cuando han reconocido de lleno su orientación sexual, pues este es un reconocimiento y aceptación de sí mismos para dejar los miedos y enfrentar su propia realidad.

martes, 10 de diciembre de 2013

"Mi hijo anda con "malas juntas", y su padre lo golpea por ello"

"Soy madre de dos hijos (varón y hembra). Vengo en busca de ayuda porque me siento angustiada, ya que sospecho que mi muchacho de 16 años de edad, anda en malos pasos. Se le ha metido en la cabeza dejar de estudiar para ponerse a trabajar. Sé que es flojo, pero quiero que saque por lo menos el bachillerato. Gracias a Dios la niña es estudiosa.

El problema se acentúa cuando su padre va al liceo y la profesora guía le informa que nuestro hijo tiene toda la semana que no asiste a clase. En esa oportunidad su papá esperó a que llegara a casa en la tarde y sin mediar palabra “le entró a golpes”. Desde ese día, mi hijo dijo que se iría de la casa, que no quería ver a su papá. La situación empeora cada vez que ambos se encuentran por casualidad dentro de la casa. Pienso que su comportamiento se debe a que últimamente anda con unos “amiguitos” que a nosotros no nos gustan, pues están ociosos; no estudian, eso sí, fastidian a los vecinos.  Por más que le decimos sobre los peligros a que se enfrenta, él no escucha. Por el contrario, se resiste a mejorar; por eso su papá lo trata así. Temo que lo golpee de nuevo. No hallamos qué hacer".

Es preciso que como padres conozcamos que la persona desde que nace responde con sensaciones agradables o desagradables frente a su entorno. Cuando el agrado es recurrente, se establece un afecto. Este afecto puede demostrarse con actitudes agradables, como por ejemplo el beso diario, el amor, la caricia; o desagradable como la rabia, tristeza y hostilidad. En el núcleo familiar hay que cultivar día a día el afecto agradable con los cuales se establecerá la mayor armonía posible entre todos sus miembros.
Los niños y adolescentes sometidos a condiciones favorables durante la infancia se identifican con ciertas actitudes que tenderán a expresarlas posteriormente. Este clima será el mediador que permita actitudes y comportamientos más afables, comprensivos y generosos, que ayudarán a subsanar malestares posteriores de la convivencia.
Una familia con ausencia afectiva es frágil a los cambios. Por eso, condicionar el afecto a ciertas respuestas del hijo o hija es sumamente peligroso. Resulta más efectivo hacer de él un acto constante.
Muchas actitudes paternas que manifiestan el abuso y el maltrato impiden el buen funcionamiento familiar. Sus miembros se sienten agredidos, desmotivados, tensos, pesados y reportan constantemente su malestar en este tipo de convivencia. El ejercicio recurrente de acciones que tienden a provocar respuestas afectivas agradables en cada miembro de la familia, es responsabilidad de nosotros como padres.
Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, probablemente el hijo desea captar la atención de sus padres. Una manera loable de proceder es conversar y comenzar por perdonar sus errores o porque no nos comprende y decir: “discúlpame hijo por mi comportamiento agresivo cuando te golpeé, no he debido hacerlo; pero no supe qué hacer ante tu irresponsabilidad de no asistir a clases. Tú sabes que te amo, ello mismo me obliga a aplicar una sanción ante tal conducta y tú aceptarla con respeto. Sólo que mi actitud para corregir tu conducta, no debió ser agresiva”.

Haciendo esto el padre logra promover un afecto agradable y éste obliga a mantener el orden y el respeto a la jerarquía familiar. La solución no es buscar quién tiene la razón, la mejor vía para que dos partes en conflicto lleguen a un acuerdo es que uno de ellos tome la iniciativa de hablar, negociar y ceder (dentro de lo posible); crear un espacio donde las dos personas o las dos ideas puedan convivir.
Esta puede ser una de las formas de rescatar a nuestros hijos: asumiendo el rol de persona comprensiva, con deseos de ayudar o sugerir acciones y actitudes más valiosas alejadas de la violencia.
Estudios a nivel internacional demuestran que los adolescentes expuestos a agresiones físicas y verbales reiteradas son perturbados profundamente, por lo cual van conformando una actitud agresiva. De modo que debemos revisar esos sentimientos de constante rebeldía, a fin de que nuestros hijos puedan ser ayudados a controlar esos sentimientos.
Muchos adolescentes en consulta muestran rabia, venganza y otros sentimientos negativos que en ocasiones es reforzada por los padres tratando de manejar el comportamiento, por ejemplo, cuando responden agresivamente a todo lo que se les dice.
Después de todo lo que queremos es que comprendan el porqué de las cosas, ya que razonar con ellos puede moverlos a que cuestionen sus propias opiniones y que el problema sea totalmente distinto. Cuanto más utilicen nuestros hijos su capacidad de razonar, mejor preparados estarán para ser adultos.
Como padres debemos saber observar, escuchar, enjuiciar y saber encaminar una conducta o situación familiar para poder canalizarla. De esta manera ayudamos a nuestros hijos a corregirla, eliminando posibles sospechas infundadas a priori o errores de concepto que puedan estar determinando tal situación conflictiva.
 Si escuchamos a nuestros hijos descubriremos sus verdaderas inquietudes. Por tal razón, sugiero que no enfrentemos a nuestros hijos porque su rebeldía los puede precipitar a tomar el camino equivocado y a no confiar en nosotros, por el contrario es hora de que nos convirtamos en los mejores maestros; aplicando la paciencia, el perdón y la madurez en la familia.

martes, 3 de diciembre de 2013

“Mi hijo de diez años hace lo que le da la gana porque mi madre me desautoriza frente a él. El problema se inicia cuando frecuentemente le niego los permisos de salida por no cumplir con sus actividades escolares o cuando lo reprendo por su mal comportamiento. De esto mi madre tiene mucho de culpa porque lo complace en todo lo que quiere, ya que desde pequeño lo ha cuidado mientras salgo a trabajar.
Mi pareja ha querido ayudarme aconsejándolo, pero éste le responde: “no te metas conmigo porque tu no eres mi papá”. Es por esto que mi pareja ha dejado de llamarle la atención por su mal comportamiento. Esta situación se sale de mis manos y no hallo qué hacer”.

Casos como estos continúan incrementándose en los consultorios de asesoramiento familiar. Casos de niñas, niños y adolescentes que se resisten a asumir responsabilidades y donde la desesperación de los padres está a flor de piel.
Podemos observar un manejo inoperante de la posición jerárquica de la adherente (abuela) en el grupo familiar, lo que trae como consecuencia: 
a) Manejo inadecuado del orden jerárquico 
b) ejercicio inapropiado del Binomio Autoridad/Afecto 
c) Aplicación no operativa de premios y castigos y 
d) Comunicación inoperante en el núcleo familiar.

Invitar a la pareja a conversar con la abuela, es un aspecto muy necesario. Puede explicarle, por ejemplo, mediante un lenguaje respetuoso y afable que ella representa un gran valor para toda la familia, y que reconocen el papel tan importante que ha ejercido en el cuidado de su nieto a lo largo de todos estos años. Son palabras muy loables y significativas que reflejan el agradecimiento que le tienen. Mostrarse conforme significa mucho para el adulto mayor. 
Sin embargo, como madre, también tienes que aclarar bien sea a la abuela, abuelo, según sea el caso, que para educar a tu hijo es importante que se unifiquen criterios en cuanto a su educación. 
Igualmente, debes indicarle que su integración en la familia ha sido beneficiosa y que por esta razón cuentan con ella preste su aporte, sin llegar a la sobreprotección del niño o niña, para que aplique las normas, los deberes y responsabilidades que su nieto debe observar hacia la jerarquía familiar. 
Esto evita confusiones para el niño y situaciones problemáticas. Asimismo,los padres deben tener paciencia con la abuela, abuelos, tíos..., es decir, familiares adherentes que pueden mostrar resistencia al cambio de actitud que se requiere. Es importante que estos familiares cumplan la alianza con firmeza y de la mejor manera posible. 
La pareja debe tener claro que los niños, niñas y adolescentes pueden distinguir el orden jerárquico que ocupa cada quien en la familia, y saben lo que está y no está permitido. La pareja debe compartir la responsabilidad al ejercer su rol de padre sustituto, intentando transmitir en el menor, firmeza pero también solidaridad y comprensión. Esto puede hacerse a través de un diálogo fraterno y, el niño(a) debe aceptar dicho compartir. 
Los niños necesitan sentirse atendidos y amados por sus padres, y si ese amor no les llega buscarán hacer cualquier cosa para conseguirlo. De este modo, se evita crear una situación de malestar familiar, entendiendo que esto será a través de un proceso atento y consistente. Es recomendable utilizar el reforzamiento positivo como: elogios, obsequios, buen manejo del permiso para la práctica de actividades extraescolares. Esto eleva la autoestima de los niños y afirma la confianza, hasta lograr la aceptación del padre no biológico por parte del menor.

martes, 26 de noviembre de 2013




El conflicto se inicia “cuando recibo de mi hija de 9 años la notificación de su maestra de cuarto grado, señalándome que necesitaba hablar conmigo sobre el bajo rendimiento que ésta reportaba en su segundo lapso. Extrañada por la citación,  pregunté a la niña qué sucedía. Ella me respondió llorando y con rabia, que yo tenía la culpa de que su papá se haya divorciado de mí y la haya dejado a ella sola. Por lo que no quise molestarla más, y la dejé que se tranquilizara. Al día siguiente asistí al llamado de la maestra. Ella me informó que había notado desde hace varios días un cambio en el carácter de la niña. Me dijo que a la hora del recreo quiere quedarse sola dentro del salón de clase, no presenta las actividades recomendadas y la ve como ausente; sin ningún interés por lo que hace. Por tal razón, la maestra me preguntó si ella estaba pasando por alguna situación familiar desagradable, ya que su primer lapso fue muy satisfactorio. Mostraba entusiasmo y buena comunicación, tanto con ella como con sus compañeros de clase. Le informé a la maestra que hace pocos días el abogado me notificó que, al fin, había salido el divorcio esperado desde hace 3 años y que mi ex pareja ya lo sabía, pero que en ningún momento se había comunicado conmigo para hablar  con nuestra hija sobre el tema. Es más, le comenté que teníamos un par de meses que no sabíamos de él". 

En este caso existe un manejo inapropiado del rol de padres operativos ante la problemática del divorcio, debido a la ausencia de una comunicación asertiva con la niña para ponerla al tanto de la situación.


Se sugirió a la madre que invitara al padre de su hija a la consulta, a fin de dialogar respecto a la experiencia por la cual estaba pasando la niña. 
Hay que saber que las circunstancias que atravesaba eran para ella dolorosas, y este cambio de actitud es una de las formas de expresar sus sentimientos. Sin embargo, debían hacerle entender que a veces el divorcio es necesario y puede ser la mejor alternativa, aunque a ella le resulte difícil de aceptar. 
Los padres deben saber que algunas separaciones, por su carácter inesperado o violento, ocasionan resentimiento mutuo entre ellos y perjudican a todos los integrantes de la familia. Es importante asumirlo responsablemente, procurando que afecte lo menos posible a los niños, y tratar de lograr acuerdos básicos que los beneficie. 
En estos casos el amor y preocupación hacia los hijos deben ser constantes, más aún si de por medio ya están divorciados. Por tal razón las visitas, por ejemplo, son una gran ayuda. Éstas convienen que sean frecuentes y puntuales. Si en algún momento el padre o la madre no puede cumplir con la cita, debe informarle a los niños, pues la ausencia injustificada les crea desconfianza y malestar. Asimismo, el contacto con la maestra y pediatra debe ser preocupación constante de cada uno. Es necesario equilibrar estas responsabilidades. Las llamadas telefónicas, cartas, regalos, paseos, juegos y afecto de todo tipo, contribuyen a fomentar un clima psicológico lleno de bienestar  y fortalece una relación aún más cercana entre los padres y los hijos.


martes, 19 de noviembre de 2013



"Soy madre de dos hermosas nenas, una de dos años y otra de cuatro años de edad. Me angustio cuando mi hija menor frecuentemente golpea a su hermana mayor, y ésta siempre se va en llanto. Esto pareciera que lo disfrutara. Cada vez que la niña menor abusa de su hermana la reprendo fuertemente y muchas veces hasta le doy nalgadas; aunque esto me desagrada, pero ya no encuentro como tratarla para que entienda que tiene que respetar a su hermana.
Lo que me preocupa en sí, es que la niña pareciera no importarle, porque sigue con la misma actitud agresiva hacia su hermana cada vez que inician un juego. Por esta razón necesito estrategias para que mejoren las relaciones entre ellas".


Primero que nada es importante que la madre o el padre intente relajarse para que baje sus niveles de angustia y pueda orientar a sus hijas con eficacia. Ellos necesitan saber que el castigo que utilizaba con la niña menor no es recomendable, porque al dar nalgadas a la niña envía un mensaje agresor que es totalmente contradictorio con lo que quiere transmitir. La niña menor no entenderá cómo es que no debe pegarle a la hermana si su madre le pega a ella. Además cuando utiliza la misma técnica de la nalgada - que ya no hace efecto-; la niña podría utilizar esta situación como una forma de captar atención y de tener a la madre a su disposición. 

Es necesario actuar entonces, con un alto sentido de responsabilidad, amor, firmeza y  serenidad. Decir a la pequeña que a su hermana le duele lo que le hace, y hacer gestos de dolor, para que la niña identifique la emoción. Asimismo, explicarle que no tiene permiso de pegarle, que a ella le molesta mucho lo que le hace a su hermana. Seguro que mediante estas advertencias, la niña entenderá que no debe seguir actuando de la misma manera con su hermana, sobre todo si los padres son perseverantes con este tipo de educación.

"Todo se inicia hace 8 meses, cuando mi esposo muere. Siento una sensación de soledad y tristeza. Esto es demasiado para mí: no puedo enfrentar esta carga sola. Mis hijos de 9, 12 y 14 años de edad, no colaboran en nada. Quieren que se les haga todo. Mi esposo se ocupaba de todo, marcaba la pauta, y yo me quedaba haciendo los quehaceres en mi casa. Los muchachos llegaban de la escuela y cada quien se comportaba “derechito”, porque su padre era fuerte de carácter, y había orden.  Desde que él murió todo ha sido un desastre. No encuentro apoyo. Ellos llegan de la escuela; ven TV toda la tarde y yo debo andar siempre con “cara de cañón”, para que cumplan con sus tareas y colaboren con la casa. No sé, como hacerles entender que ahora es diferente. Ellos me agotan, tengo que gritarles para todo, y para colmo no hacen caso”.

Podemos ver, cómo esta mujer-madre, manifiesta un alto nivel de fragilidad e inestabilidad  marcado por un estado de minusvalía y dependencia. La muerte de un ser querido es una de las cosas más difíciles de soportar y cada quien lo asume de modo diferente. Por eso, debe dar tiempo a su dolor y entregarse a cuidados físicos y afectivos para lograr recuperar un poco de su autoestima. Puede funcionar intentar recordar junto a sus hijos, momentos gratificantes del rol de aquél ser querido que fue pareja y padre. Al usar el recuerdo se da paso a lo ocurrido para superar aquella situación. Esto es bueno porque juntos experimentarán sus propios valores y fortalecerán vínculos familiares necesarios para sobrellevar el dolor.

La fragilidad de una persona se encuentra incorporada en su carácter; probablemente, la crianza que tuvo esta madre fue propiciada por un contexto social en el que todavía la mujer ocupa un lugar secundario marcado por la subordinación. Ella lo reconoce cuando dice “que le hace falta su esposo”, para poder asumir su vida con responsabilidad. Quizás ella posee un concepto de amor romántico equivocado, con su carga de altruismo, sacrificio, abnegación y entrega que se enseña a la mujer desde que nace a través de múltiples canales. Esto hace mucho daño a su integridad porque favorece actitudes negativas de indefensión. Por eso se siente atrapada en su propia red. Se cree incapaz de comunicar a sus hijos fortaleza y vitalidad tal como lo hacia el padre. Y esto, a su vez le impide superar el conflicto de las demandas no atendidas en su infancia y los deseos oprimidos en su etapa adulta.

 Esta situación, en todas sus variaciones, conduce a la inoperatividad en la dirigencia familiar, a un manejo inadecuado de los hijos y a la presencia frecuente de una comunicación poco afectiva y efectiva con los integrantes de su núcleo familiar.

Así que es recomendable a aquellos que viven situaciones similares tomar en cuenta las siguientes sugerencias: 

a) Es importante realizar ejercicios de relajación para reducir las tensiones cotidianas y fortalecer su seguridad y confianza, de tal modo que pueda desarrollar la capacidad de tolerar las frustraciones. Estos ejercicios pueden consistir simplemente en tomarse un espacio entre sus actividades para relajar la mente a través de la respiración.

 b) Existen diferencias individuales entre los deberes y compromisos que hay que considerar en cada uno de sus hijos. Ya que cada uno de ellos es diferente, es recomendable darle tareas que se ajusten a sus intereses sin generar en ellos aversión por las labores de la casa.

c) También es importante apropiarse de su situación y comprender que debe desempeñar con claridad el binomio autoridad/ afecto, de modo equilibrado, a fin de lograr estabilidad entre los límites y el afecto. Esto se puede lograr a través del beso diario, la acaricia, la palabra afable, el otorgamiento de premios, la aplicación operativa del castigo, compartir el sufrimiento y pedir disculpas. Esto permite una respuesta al marcar la autoridad y el amor entre padres e hijos.

 d) Buscar orientación en especialistas que permitan el trabajo en equipo con todos los miembros de la familia con técnicas asertivas de comunicación, metáforas y juegos, para involucrarlos a todos, a fin de que manejen mejor sus sentimientos y emociones; además de que cada quien asuma responsabilidades de comprender que cada uno de ellos es parte de la solución a los problemas.

e) Los padres deben estar atentos a su entorno relacional respecto a sus hijos. Deben saber que cuando se comunica a través de palabras, gestos y actitudes se percibe el lenguaje de nuestro cuerpo, lo cual crea ambientes llenos de tranquilidad y bienestar en las relaciones interpersonales.


martes, 12 de noviembre de 2013

¿Cómo es que la indiferencia del padre afecta tanto el comportamiento de mi hijo?

Hace dos años me divorcie del padre de mi hijo, aunque quedamos de mutuo acuerdo a tratarnos lo mejor posible en la relación. Se aclaró, que él se encargaría de llevarse al niño cada 15 días para compartir con él. Sin embargo, esto no ha funcionado, ya que mi hijo regresa frecuentemente de mal humor, porque dice que su papá, se divierte con sus amigos echando chistes, y lo deja mucho tiempo sólo y se aburre en el parque, por tal razón, no quiere quedarse más con su papá. Esta situación me preocupa. Tanto es así, que cuando se acerca el día que su papá debe venir a buscarlo, mi hijo llora e insiste en no querer verlo. Esto me ha traído mucho malestar con el padre, ya que dice, que todo lo que pasa con el niño es culpa mía. 

Precisamente, esto fue una de las causas por lo cual me divorcie, pues, estaba cansada de “aguantar la constante soledad”. En los 9 años de casados; nos mostraba poco amor, todo era con sus amigos; no gustaba de estar con su familia, aunque nunca ha dejado de darme la mensualidad del niño. A pesar de que mi hijo frecuentemente está molesto con su padre; es un buen niño; acata mis órdenes y es responsable en la escuela, donde lo quieren mucho. Yo trato de darle mucho amor, me gusta estar presente en sus actividades extraescolares, cosa que su papá, dice no tener tiempo. Sus abuelos, lo quieren mucho; esto hace que mantengamos una buena relación.


Podemos apreciar que el manejo no operativo del Binomio Autoridad/afecto, por parte del padre trae como consecuencia entre otras cosas:
  1. Manejo inadecuado del rol de padre, 
  2. Manejo inadecuado de la situación de divorcio
  3. Una comunicación poco efectiva y afectiva. 


En este sentido, es importante invitar al padre a reflexionar, sobre la carencia de afecto hacia su hijo y las posibles secuelas emocionales que podrían traer graves consecuencias para su desarrollo. 

¿Cómo podemos abordar esta situación? 

Busqué dedicarle a mi hijo espacios afectivos, como por ejemplo, asistir a sus actividades extraescolares; lo cual siempre es necesario. Esto es importante pues ello fortalece la confianza y seguridad en el niño y lima las asperezas en sus relaciones. El ejercicio constante de acciones que tienden a provocar respuestas agradables en los miembros de la familia es una responsabilidad primaria de los padres, lo que fomenta un clima de armonía y cordialidad entre sus integrantes. Las frecuentes salidas y paseos anhelados por nuestros hijos, responden a esa conexión intima de los afectos, sentimientos y necesidades más preciadas que desea toda persona. 




lunes, 28 de octubre de 2013


Presento este libro con el objeto de aportar soluciones a situaciones que se nos presentan en las relaciones interpersonales que trabajamos en nuestra vida cotidiana. Basados en la idea de que nuestras actitudes son capaces de modificar nuestro entorno y cómo el Otro nos observa e interactua con nosotros, me he planteado presentar varios casos ilustrativos de mis investigaciones con el fin de que cada persona aborde su propia situación y sus circunstancias para llevarlas a un desenlace positivo. De allí el término "Si yo estoy bien, tú estás bien" pues se refiere a esa conexión íntima que se tiene con el otro.

Para lograr estos resultados positivos, la persona tiene que razonar y mostrar respeto, atención, consideración y empatía con base en el afecto -tanto para consigo mismo como para con los demás-. Esta situación, vista como proceso da como resultado ambientes mucho más ricos, llenos de bienestar. Así se ha llegado a encontrar cómo el proceso empático facilita el reconocimiento propio y el reconocimiento del otro.

En este sentido Goleman, en su libro Inteligencia Social (2006) dice que: “expresar empatía a los demás, conlleva a la conexión íntima de los afectos, deseos, sentimientos y necesidades más profundas, lo que hace doblegar el orgullo y la jactancia, que invalida toda cosa buena que está muy dentro de nosotros”. Por eso, si manejamos esta visión existencial “Si yo estoy bien, tú estás bien, aunada a la popular premisa “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, no seremos víctimas ni victimarios, porque fomentaremos actitudes de seguridad y bienestar emocional y social.

Esto puede considerarse como valor agregado para nuestra salud y bienestar, ya que al generar actitudes positivas, buscamos el fortalecimiento de nuestra vida y nuestro entorno. 

Ahora bien. ¿Cómo es posible que nuestra propia actitud predisponga a otros a tratarnos de una u otra forma? Bien, durante años de experiencia en el área de asesoramiento, orientación familiar e investigaciones recientes, he podido percibir que muchos de los miembros de familias en conflicto están distanciados de sus propias reacciones frente a ciertos eventos que acontecen entre sus seres queridos, y aún más de su entorno, cuestión que afecta la estabilidad psíquica, moral, emocional y espiritual de cada integrante de la familia. 

En el libro se muestran historias contadas por sus propios actores para ilustrarnos situaciones que cualquiera de nosotros puede o pudo haber vivido en algún momento. 

El caso de la hija menospreciada

 Se trata de una familia monogámica de padres biológicos donde la madre solicita ayuda debido a que manifiesta, que en el hogar hay  conflictos de relación padre/ hija, que ha lesionado profundamente a todos los miembros del grupo familiar. La madre reporta, que esta situación la ha  generado su esposo, debido a la actitud “necia y estúpida”, de no terminar de entender “que las hijas son completamente diferentes una de otra”.

Dice la madre, que el conflicto se inicia, cuando la hija menor de la familia, reprueba matemática, y por esto no podrá graduarse de bachiller. El padre al saber la situación, la reprende duramente, delante de todos, gritándole “que era bruta y retraída”, que lo tenía decepcionado. 

Este modo de tratarla ocurre cada vez que la adolescente trae alguna calificación o se equivoca en algo. Reporta la madre, que esta actitud “testaruda”, ha afectado mucho a su hija, ya que desde ese día mantiene una actitud errática, como de abandono hacia sí misma, hasta el punto que debe obligarla para que vaya al instituto; se encierra en su cuarto y dice que no quiere ir. El padre, ha hecho caso omiso de la situación, de ahí la preocupación de la madre, por no saber qué hacer. Se puede apreciar en este caso, como la privación o negación afectiva en sus distintas formas, la ausencia de diálogo claro; el predominio de los celos, la autoridad mal entendida; la subestimación del otro, la ausencia de atención, los  abusos de todo tipo y el maltrato; ha hecho estragos en lo más profundo de los sentimientos de esta adolescente, lo cual anula el sentido de pertenencia y la posibilidad de enmendar actitudes indeseables. 

Se puede apreciar que existe un manejo no operativo del binomio Autoridad/Afecto por parte del padre; quien cae en el “autoritarismo” al presionar constantemente a UM para que mejore sus calificaciones; ya que si estas son bajas manifiesta no quererla con demostraciones de afectos desagradables. En este sentido, el padre condiciona el afecto y esto atenta contra la personalidad y desarrollo de la capacidad de tolerar  frustraciones; además de desencadenar grandes conflictos tanto en lo personal, familiar y social; ya que podemos llegar a formar adolescentes con actitudes sumisas, tímidas, inseguros, evasivos, malcriados y escapistas. Inhibidores sociales, que para muchos es un obstáculo que impide concretar sus objetivos y alcanzar con éxito lo deseado; aunque para otros, es un rasgo permanente de su carácter. 

Para la psicología, lo retraído o tímido, es un factor que inhibe socialmente, suele tener su origen en un bajo nivel de autoestimación. Se manifiesta internamente como una sensación de inseguridad y vergüenza, y se expresa a través de la incomunicación que obstaculiza el desarrollo de las habilidades interpersonales. Los  inhibidores sociales “matan” la confianza personal, por lo general sobrevaloran y temen la opinión de los demás. Por esta razón, los padres  están obligados a estar  atentos y expresar su afecto a todos por igual a través de caricias, elogios y abrazos, una palabra generosa; esto brinda seguridad y estabilidad en las hijas e hijos, incurrir en no ejercer operativamente estos principios; refuerza la actitud inestable de la adolescente y a todos los miembros del núcleo, causando daño a su autoestima y malestar a toda la familia. 

Así, vemos ausencia de  diálogo, debido a que el padre como emisor le envía a la adolescente UM, mensajes reforzadores de agresividad verbal y no verbal, lo que afecta las buenas relaciones entre sus miembros. Por el contrario, la madre brinda la mayor comprensión cuando comunica de manera funcional y ofrece apoyo mediante frases consoladoras, como: “sé que tu puedes si practicas y te lo propones” o “sabes que te amo, pases o no matemática, eso, no cambiará”; lo que indica que tiene una posición más justa y clara sobre sus sentimientos. La madre dice, que: “actualmente las discusiones y críticas entre la pareja, ha ido en incremento, lo que ha llegado a incidir negativamente en el encuentro sexual a tal punto que cuando él, llega del trabajo ni siquiera nos saludamos”. La madre manifiesta que: “lo malo de todo esto es que cada día que pasa nuestra relación es más fría y se empaña aún más”, “pero…, pareciera que a él, no le importara…”, “amanece y cada quien por su lado. 

Se aprecia, cómo una actitud negativa, fomenta la desigualdad entre las hijas, debido al manejo inadecuado de la adolescencia, a la aplicación no operativa de premios y castigos, a una comunicación inoperante, a una ausencia en el orden jerárquico y un  desconocimiento del rol de padre operativo. 

De manera que el curso de la sesión se orientó como sigue: En la primera sesión, se invito a la madre y al padre a conocer y ejercitar constantemente el Binomio Autoridad/Afecto; es decir, buscar el equilibrio, mediante su buen manejo y no caer en el autoritarismo; esto significa, darse cuenta, que la autoridad, es el derecho que se otorga a los padres, con fundamento para ejercerlo, no se negocia; sin embargo, hay que tener cuidado con el abuso o establecimiento de preferencias dentro de los miembros de la familia. El favoritismo, el chantaje y la contradicción son actitudes negativas que inhiben la confianza y fomentan la desigualdad, porque lesiona los sentimientos de la persona. Se aclaró, que si alguien de la familia mereciera ser premiada y otra no, puede hacerse; aunque ello no significa intimidar a la otra; sino que es haber ganado mérito por cumplimiento de su deber. Asimismo, en la familia hay que promover actitudes agradables de afecto (amor, cariño, cordialidad, etc.) con regularidad que eviten promover actitudes desagradables (antipatía, rabia, tristeza, odio…)  para lograr un clima de comprensión. 

Esto, permite una respuesta de amor, respeto, consideración y una clara comunicación entre padres e hijos, lo cual hará que el grupo familiar establezca seguridad, respecto a sus emociones. Condicionar o limitar el afecto es sumamente peligroso. Por eso, debemos evitar decir por ejemplo: “Si pasas matemática te querré más”. Ello acorrala la confianza. A cada hija o hijo se quiere por lo que es, porque tiene el derecho de amar y ser amado. El afecto se construye y se alimenta día a día para mantenerlo. Por tanto, papá y mamá, les corresponde entonces decir, por ejemplo: “Tú sabes que te amo, por eso quiero el bien para ti; ello me obliga aplicar una sanción ante la actitud y comportamiento que tienes”. “Esto no quiere decir que no te ame, si te comportas mal, sólo que debo asumir mi responsabilidad y tú debes aceptarlo con respeto. 
Aquí, se muestra afecto y no abuso; lo cual obliga a mantener el orden y la disciplina familiar con claridad; lo cual fue interesante para lograr modificar la actitud, calificada por su esposa de: “necia y estúpida” del padre, en el motivo de consulta. 
Las hijas e hijos que reciben constantes regaños se sentirán cohibidos, tristes y humillados o desobedecerán ante tanta impunidad, reforzando actitudes déspotas y siendo aún más transgresores. Los progenitores están dados a conocer los cambios biopsicosociales de la adolescencia como parte del desarrollo natural del ser humano.

 Estar conscientes de que todos pasamos por esa etapa y que necesitamos demostrar afecto de muchas maneras (respetar gustos, intereses, escucharlos, darles el trato amable que se merecen, darle importancia a sus vivencias y a sus necesidades, etc.), es decir, dar el espacio emocional esperado.

Para que un adolescente proceda de manera comprometida, precisa detectar todos los aspectos necesarios de cada vivencia y no sólo los que le competen. Asimismo, estar consciente de los  puntos de vista de las demás personas, de tal modo, que la toma de decisión que haga esté influido por las necesidades, derechos y responsabilidades de todos los implicados. 

Saber que los adolescentes frecuentemente cambian su vocabulario, su forma de ser para expresar su independencia y que muchos, se distancian de sus padres; son requisitos primordiales para estar atentos a la reciprocidad. Por eso, es necesaria una actitud comprensiva, cordial y abierta a los cambios, lo cual depende del bienestar biopsicosocial, moral y espiritual en todas las etapas de desarrollo; lo que significa, tener cuidado con el abuso o establecimiento de preferencias dentro de los miembros de la familia. 

Como Orientadora familiar estas experiencias son de vital importancia, porque gracias a ella, nos damos cuenta, que cada quien determina sus propios rasgos de personalidad y se ubica de manera relacional con respecto al todo social, en gran parte de sus propósitos y valores. Lo cual confirma, la premisa de la teoría social cognitiva, cuando dice que en el contexto social en el que viven y se desarrollan las personas es determinante en la formación de actitudes y conductas, en este sentido papá y mamá son agentes significativos de socialización para sus hijos e hijas y el ambiente del hogar es el primer ambiente propicio para: observar, experimentar, conocer, y aprender ejemplos de amor, fraternidad; que fortalezcan vínculos de las primeras relaciones interpersonales. De ahí que una orientación afectiva desde temprana edad, es particularmente esencial, porque refuerza potencialidades con características más humanas.
Por tanto, cada día me convenzo más de que las actitudes influyen de algún modo, porque  tienen el poder de transformar nuestras vidas, ya sea  para bien o para mal.  Puede pensarse que al darnos cuenta y saber dirigir nuestras impresiones de manera más apropiada, probablemente las relaciones con nuestros semejantes, sean más satisfactorias, por cuanto, el significado de nuestras experiencias se tornará mucho más grato, pudiendo entonces, disfrutar de nuestro bienestar.
Se sabe que la persona al no estar sana en su integralidad, mantiene una actitud testaruda, antisocial, conflictiva, egoísta e infeliz, y le cuesta desarrollar sentimientos de sensibilidad humana. Lamentablemente, estas actitudes negativas,son el resultado de experiencias personales, que la dominan y no han sido superadas.

Si yo estoy bien, tú estás bien.
Es así, como desde la perspectiva de la psicología social, se estudia la actitud de los seres humanos para predecir las posibles conductas. Por ejemplo, cuando observamos la actitud de una persona, es posible prever su modo de reaccionar, lo que significa que cuando alguien adopta, una actitud agresiva o defensiva, se predispone de una manera particular ante las interacciones. Por tanto, la actitud cumple diversas funciones en la vida social, de ahí que estas sean una motivación social, más que una motivación biológica, que permite adaptarnos mejor al entorno en un intento por minimizar los conflictos. Es bueno saber que una misma situación la podemos afrontar, de una manera muy distinta según la forma como elijamos manejarla. 
En consecuencia, si queremos modificar actitudes que no van de acuerdo con lo que deseamos, es importante que diferenciemos una actitud positiva de  actitud negativa. La actitud positiva, es aquella que contribuye o colabora, con el buen comportamiento de la persona para enfrentar la realidad de una manera más sana y efectiva; por el contrario, la actitud negativa, es aquella forma de responder que dificulta las relaciones con los demás. Esto significa, entonces, que en el fondo hay un aspecto muy personal que promueve la actitud, sea esta positiva o negativa, lo cual genera ambientes agradables o desagradables, con la familia, la pareja, los amigos, el medio laboral, político y social.
Ahora bien, esta posición existencial“si yo estoy bien, tú estás bien”, está inspirada en la teoría de Análisis Transaccional de Eric Berne (1976), científico en el campo de la psicoterapia, quien es señalado como el cirujano de la psiquis humana. Su teoría, permite comprender, por qué actuamos de una manera determinada y cómo provocamos en los demás una reacción dada.  Esta reacción no sólo nos hace conocernos a nosotros mismos, sino que nos hace reflexionar y darnos cuenta de que esas distintas maneras de sentir pueden ser orientadas de la mejor manera posible,  para que funcionen a nuestro favor, en cada momento particular y social de nuestra vida. Dice, que la persona desde que nace, es fundamentalmente relacional, y que de hecho necesita ser educada con una relación de amor desde su familia -ámbito perfecto, para dar seguridad y bienestar-, si se proporciona a los hijos la oportunidad de dar apoyo, de ser escuchados y reconocidos.
Cuando la persona desde su infancia se sitúa en estas condiciones, se le facilita el acceso a los logros y a su autorrealización. Esta teoría, se concentra en las interacciones de unas personas con otras y en el cambio de estas interacciones para la solución de problemas emocionales. Todos tenemos un cierto potencial humano que podemos desarrollar generando actitudes comprensivas y valiosas, que sirven para enfrentarnos a todos los estímulos ambientales, sin importar cuan difíciles sean éstos, porque somos responsables de nuestra propia vida para actuar a través de nuestras propias decisiones.
De modo, que es interesante, saber que las historias descritas en el libro “Si yo estoy bien, tú estás bien, aunado a la popular premisa: “no hagas a nadie, lo que no quieres que te hagan a ti”, surge de la necesidad de ayudar a todas aquellas personas que al compartir sus experiencias personales conmigo, buscaban la mejor manera de afrontar sus dificultades personales, por tanto agradezco a todas aquellas personas que depositaron en mí toda su confianza  al narrar sus propias historias y que hoy en día enriquecen a este libro. 

Se encontrará también en el libro testimonios de mujeres, madres, sometidas a violencia doméstica y las actitudes, y de cómo estas, afectaban profundamente el comportamiento de los hijos e hijas. Asimismo, el rendimiento escolar de muchos de mis estudiantes, que para esa época estuvieron involucrados en dicha experiencia. 



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