martes, 28 de enero de 2014

“Por el hecho de que el liceo donde estudian mis hijos (12 y 14 años) queda cerca de donde trabajo, aún los acompaño al liceo. Esta situación ha traído diferencias y molestias a la familia ya que en cuanto me retiro, mis hijos me dicen que sus compañeros de clase se burlan y se ríen porque, “y que están muy grandes para que mamá los acompañe” También me dicen, que yo los tengo “sometidos”.

 Mi hijo mayor habló con su papá hace poco y pidió que me dijera que lo dejara ir sólo al liceo porque está “suficientemente” grande como para que todavía yo los acompañe. Dijo que si quiero lleve sólo a su hermana. Esta situación me tiene apenada y sorprendida, pues no termino de entender ¿Cómo es posible que actitudes desagradables de otros afecten el bienestar de la familia?

Como madre responsable, pienso que he cuidado a mis hijos lo mejor que he podido. Desde pequeños les llevaba a su colegio, siempre me ha interesado saber dónde se desenvuelven. Aunque también entiendo que están creciendo y que quizás es hora de que “los suelte”, pero sucede que hasta ahora no he procurado que se vayan solos, tal vez por el miedo de que les pase algo malo, pues la zona donde vivimos se mantiene a oscura y hay mucha inseguridad. Comprenderá mi miedo".

Desde el amanecer hasta el oscurecer nos enfrentamos a contratiempos, miedos, rechazos e intolerancias de todo orden, que pueden provocar en nosotros desequilibrios. Tratamos de pensar razonar y analizar lo que tiene sentido en nuestra vida. Eso es bueno, porque nos conduce a meditar, reflexionar, y hasta a buscar ayuda para canalizar nuestras emociones en esos eventos que nos desconciertan.

El miedo es una emoción normal que todos hemos experimentado cuando afrontamos a ciertos estímulos tanto reales como ficticios. Es necesario y adaptativo. La mayoría de nuestros miedos serán pasajeros y no representarán ningún problema, irán desapareciendo en función de la edad y del desarrollo psiconeurológico. Sin embargo resultarán útiles en ocasiones, pues nos ayudan afrontar de forma operativa y adaptativa situaciones amenazantes para sobrevivir.

Por ejemplo; nuestros hijos no deben tener miedo al trasladarse solos a su liceo., pero sí deberán ser prudentes al estar atentos de los atajos que transitan. Por tanto, no solo será normal sino también necesario, que nuestros hijos vivan experiencias concretas, ante situaciones y pensamientos que impliquen cierto riesgo real, evitando así correr potenciales riesgos más adelante que pudieran ser lo suficientemente importante como para alterar de forma significativa su vida o la tranquilidad de todos en la familia.

Saber que nuestra estabilidad emocional depende de nuestra seguridad y confianza hacia nosotros mismos, y que sólo nosotros somos sujetos de nuestro propio bienestar, es imperativo.

Esto nos ofrece tranquilidad y fortalece nuestro estado de ánimo; nos ayuda a manejar ciertas actitudes equivocadas de otros, y a entender nuestro contexto. Es importante que entendamos que cada experiencia es un nueva oportunidad para sensibilizarnos y desarrollar en nuestros hijos, hábitos positivos, optimistas y transparentes.

Estamos conscientes que nuestra vida no es perfecta. Sin embargo, somos personas con grandes potencialidades y capacidades para lograr manejar de la mejor manera posible, nuestras propias emociones y ponerlas a nuestro servicio.

Así, nuestra existencia será más humana, más liviana, más agradable y placentera. Informarnos y buscar herramientas sobre lo que pasa con nuestras emociones, nos hace sentirnos más valiosos y confiados.

Nuestros hijos reducen su miedos a estímulos concretos para ir dando paso a temores relacionados con la autoestima personal (temor al fracaso personal o escolar…) y a las críticas, al rechazo, preocupación o reconocimiento por parte de sus compañeros de clase.

Como progenitores responsables debemos conocer que en esta etapa nuestros hijos comienzan el distanciamiento familiar y la necesidad de experimentar nuevos riesgos como una forma de autoafirmarse dentro del grupo de pares, dejando atrás las etapas infantiles y tomando su propio protagonismo.

Ciertamente, son etapas difíciles de afrontar en la familia, como padres nos sentimos preocupados por lo que pueda suceder a nuestros “querubines”. Sin embargo, estamos dotados por nuestra naturaleza  aprender a manejar de manera positiva lo que nos depara la vida.

Todos los padres pasamos por estos momentos de inquietud e incertidumbre, pero es nuestra obligación  aprender a manejar conscientemente estas situaciones concretas con paciencia y afrontarlas responsablemente.


Más de dos actividades extracurriculares resulta inconveniente

“Soy madre soltera, trabajo hasta las 3:00 de la tarde, estudio el último año de administración, por lo que estoy casi siempre toda la semana full de trabajos. Pero esto no es lo que me preocupa, llevo este ritmo de vida desde hace tanto tiempo que ya me acostumbre.


Lo que realmente me inquieta es el comportamiento de mi hijo de 9 años últimamente. Él ha sido un excelente estudiante desde que inicio su preescolar, hasta ahora que cursa su tercer grado. Tanto así que sus maestras lo han mantenido en cuadro de honor como premio a su responsabilidad.

Resulta ser que para que se mantuviera ocupado el resto de la tarde y no estuviera molestando a mi mamá -quién me lo cuida mientras yo estoy en el trabajo estudio y “hago de todo”- lo inscribí en tareas dirigidas, clases de fútbol y computación (cada una dos veces a la semana), en las que estaba muy entusiasmado.

Sucede que, últimamente, para levantarse e ir a la escuela hay que llamarlo repetidas veces y tengo que estarlo regañando para que se apure porque debo dejarlo en la escuela antes de ir a mi trabajo. Dice que se siente cansado que quiere quedarse en casa el resto de la tarde con la abuela. Su pediatra lo evaluó y dice que sus exámenes salieron muy bien. Ahora no sé qué hacer para motivar su interés nuevamente en estas actividades extra-cátedra".

El relato anterior destaca uno de los problemas que hoy en día se ha incrementado en las consultas de Orientación familiar. Estos padres y madres preocupados buscan ayuda para sus hijos debido a que señalan ciertos cambios emocionales y físicos, por lo que se angustian por saber qué está pasando con ellos.

Como padres vivimos colmados de trabajo y responsabilidades que cumplir. Esto, nos hace incapaces de considerar un tiempo razonable para reflexionar sobre los cambios evolutivos que ocurren en nuestros hijos.

Demandamos y exigimos, hasta la saciedad, horarios extracurriculares después de haber pasado toda la mañana o tarde en la institución escolar. Asimismo, queremos que sean más “conscientes” de todo el esfuerzo que hacemos para que logren ser exitosos y competitivos. Lanzamos frases como: “Tienes que ser el mejor de tu clase”, “Tienes que aprovechar el sacrificio que hacemos”, “Tienes que entender que jugar, es perder tiempo”, y así un rosario de “tienes”, que se repiten en el inconsciente de nuestros pequeños. Ellos terminan por sentirse culpables profundamente, por no poder ofrecer lo mejor de sí mismos.

Como padres es importante estar al tanto de que la excesiva demanda ocupacional en el niño, crea irritabilidad, angustia y hasta ansiedad, debido a la constante presión que ejercemos sobre él para que rindan más de lo que puede.

Cada niño tiene una actitud que le pertenece y cuando nosotros le ayudamos a desarrollarla, también lo llevamos a obtener logros, a sentirse bien y a cultivar las cosas buenas de la vida. Esto le ofrece la posibilidad de conocerse a sí mismo y aprender sobre disciplina y superación.

Es sumamente peligroso condicionar las habilidades y fortalezas de nuestros niños. Cuando ellos son reconocidos sólo por las notas que sacan, se lesiona su autoestima y se promueve la competitividad que puede golpear su sensibilidad. 

Por tanto, es recomendable conversar con ellos al inicio del año escolar sobre las actividades que les gustaría realizar. Igualmente, jerarquizar lo que representa cada una de las actividades complementarias y evaluar las expectativas conscientes e inconscientes de ellos y las nuestras.

También, es importante buscar momentos para el juego en familia, permitiéndole disfrutar con plena libertad. Se debe considerar inscribirlos en una o dos actividades complementarias como máximo y no más de tres veces a la semana, para que puedan reforzar sus asignaciones escolares.

martes, 21 de enero de 2014

"Mi deseo es ayudar a mi madre"

“Soy la mayor de mis tres hermanos (tengo 17 años de edad, mi hermana 14 y mi hermanito 10), mis hermanos son de padres biológicos diferentes y ninguno de ellos convive con nosotros.
Mi madre es una mujer que apenas tiene 40 años y parece de 50. Nunca descansa. Es secretaria en una empresa que le exige demasiado. Ella se forja mucho porque dice que hay mucha competencia y pocos empleos y debe cuidarlo. Ella sólo está pendiente del trabajo.
Dice sentirse constantemente agotada. Me preocupa que se enferme por todas las cosas que tiene que hacer. A mí se me ha hecho difícil concluir mi bachillerato, por muchos inconvenientes.
Veo a mi madre con tantas obligaciones que la apoyo en todo lo que puedo. Por eso, no dedico mucho tiempo a mis estudios; además en el instituto faltan 2 profesores de las materias más importantes (matemática y física) que no hemos visto en el primer lapso, y por los vientos que soplan no sabemos cuándo llegarán. Así, que prefiero cuidar a mis hermanos.
Soy testigo de que mi mamá nos ama, que quiere lo mejor para nosotros y hago lo posible en ayudarla. Mi hermana es una holgazana, cursa segundo año, va mal, tiene cuatro materias aplazadas hasta ahora. Estudia en el mismo instituto que yo. Ella también tiene problemas de dos profesores ausentes. 
Mi madre ya no halla qué decirle y poco hace caso por mejorar. En cuanto a mi hermanito, menos mal que va bien en su quinto grado; aunque tampoco ayuda mucho en los quehaceres de la casa. El asunto es que mi tía, hermana de mamá, me dijo que buscara apoyo para ver hasta qué punto podemos ayudarla a ella a entender que necesita algo más que trabajar.” 

Es necesario saber que el contexto en el que viven y se desarrollan nuestros niños, niñas y adolescentes, es determinante en su conducta posterior. De acuerdo a la Teoría Social Cognitiva, los padres somos agentes significativos de socialización para nuestros hijos y el ambiente del hogar es el primer contexto en el cual ellos observan, experimentan y aprenden sobre las relaciones interpersonales. En el caso de nuestros jóvenes, la relación está signada por la calidad de la comunicación en los acuerdos y negociaciones que se hagan desde el hogar. 

Vivimos en un cambio y transformación constante desde todo punto de vista, especialmente desde la perspectiva de desarrollo humano y de la familia. El adolescente también es gestor de su propio desarrollo de crecer y “madurar" de acuerdo con la relación que tenga con sus progenitores, y demás familiares, las instituciones y la sociedad. Él aprovechará o no, una serie de relaciones y mensajes de manera productiva. 

Entonces es necesario considerar dos aspectos:

En el caso que nos aprovecha, el no encontrar motivación en la institución educativa, lleva a esta muchacha a sobrecargarse de las preocupaciones que tiene su madre. Pero también es deber de los padres estar conscientes de saber que la persona que lleva la responsabilidad de hacer cumplir la autoridad en el hogar, somos nosotros. Los padres también son protagonistas en generar motivaciones a sus hijos.

Asimismo, el ejercicio del afecto, nos va a permitir establecer y mantener el nivel de comunicación necesaria con nuestros hijos, para que cada uno conozca el cumplimiento de sus deberes en el estudio como en el disfrute de sus derechos. 

Es necesario que estemos conscientes de que nuestros hijos pueden cooperar y compartir ayudando en los quehaceres del hogar de modo equilibrado, sin que por ello tengan que cargar con la responsabilidad del rol de adulto antes de tiempo. 

Sin embargo, asumir responsabilidades que no les competen aún; como por ejemplo, el cuidado de los hermanos y el desempeño de todas las labores domésticas, lesiona profundamente su bienestar psíquico, moral y emocional en su proceso natural de desarrollo. 

Aquí no se trata de apoyar “holgazanes”, nada más lejos de la realidad, pero tampoco de darle el papel protagónico del rol de padres que no les pertenece y de no dar opciones a observar nuevas expectativas de vida a través de buenas oportunidades de estudio que les ofrezca la posibilidad de cursar y concluir con éxito su educación. 

Cuando ofrecemos y permitimos un trato digno y de respeto a nuestros hijos, tal como: desarrollar su propia identidad, el valor de sí mismo, la corresponsabilidad y la solidaridad humana, hacemos que se apropien de su entorno y ayudamos a que se abran las puertas de la expresividad a todos por igual. Lo contrario, origina en ellos mucha presión o sentimientos de desamparo e inseguridad. Así esto resta la motivación y los estímulos enriquecedores para su crecimiento.

Por otro lado, en un segundo aspecto, es importante darnos cuenta de la importancia de darnos un tiempo a nosotros mismos y cómo no hacerlo perjudica no sólo a nosotros sino también a quienes nos rodean.

El proceso de cada uno de nuestros hijos debe nutrirse de varias experiencias al dar nuevas opciones para entender el valor de la vida y adaptarse a ella. Por tanto, es bueno que conozcamos que cada etapa debe atravesarse a su tiempo, sin apresuramiento, para que no lleguen a la adultez con un grado de desconcierto y de inmadurez emocional.

Encontremos entonces tiempo para relajarnos de las presiones del trabajo, de la cotidianidad y explorar alternativas creativas que nos brinden apoyo. Éstas pueden incluir a otros familiares que pudieran respaldar posiciones y nuevos cambios de actitudes positivas. Esto es prioritario para el buen funcionamiento de nuestro núcleo familiar.

miércoles, 15 de enero de 2014




















“Lo único que quería de mi padre era un poco de cariño y atención”



"Tengo 17 años de edad, conocí a mi papá biológico hace tres años por mera casualidad (desde hacía un buen tiempo había escuchado de él, pero estaba con la expectativa, mi mamá no sabía nada).

 Mi madre nunca me habló de él, ahora me explico por qué ella y mi abuela siempre “se secreteaban”. Cuando yo llegaba o estaba cerca de ellas, se callaban la boca y no sabía por qué actuaban de esa manera.

Conocí a papá uno de esos días en el que buscaba respuestas sobre mí. Acordamos un encuentro y me habló sobre la “efímera” relación con mi madre. Me aclaró muchas cosas que no entendía, la pasábamos bien, le dije que sabía que tenía un hermano y que me gustaría conocerlo, con lo que quedó “comprometido” en que de vez en cuando estaríamos en contacto y, en efecto, así fue. Todo parecía ir bien.

A mi madre le comentaba las cosas que sucedían en nuestra relación, me veía muy entusiasmada y hasta le conté la buena aceptación que había tenido con la pareja de papá, por lo que mi madre me comentó: “ojalá no sea simple apariencia y te lleves un fiasco”. Y ahora veo por qué lo decía.

El caso es que no he sabido ni de mi padre ni de mi hermano desde hace seis meses, no entiendo qué fue lo que hice o qué fue lo que sucedió. No se han vuelto a comunicar conmigo, cuando llamo a su casa, me dicen que esa familia no vive allí. He pasado varias veces y no he dado con ellos.

Mi madre me dijo, “yo sabía que ese señor te iba dejar esperando, él nunca nos quiso, me dejó embarazada y no asumió nunca su responsabilidad”. También dijo que dos años después de mi nacimiento se unió a quién hoy es mi padrastro y que fueron ellos dos quienes siempre estuvieron pendiente de mi y nadie más. Ahora, me pregunto ¿cómo es posible que mi padre haya mostrado ser lo que no era? Si lo único que yo quería de él era un poco de cariño y atención; además de fortalecer así nuestro vínculo, claro está, respetando su propio espacio”.

Todos los seres humanos tenemos derecho a establecer lazos filiatorios y a tener acceso a nuestros orígenes biológicos a partir del momento en que adquirimos madurez suficiente, ya que esto es cuestión de identidad personal. Tenemos derecho a saber de dónde venimos, a dónde vamos y quienes de nuestros familiares nos apoyan. Eso da seguridad y confianza.

Conocer por ejemplo, las circunstancias de nuestro nacimiento y del posterior abandono; así como identificar a nuestro padre biológico y hermanos es cuestión del derecho de nuestra vida íntima. Todo eso forma nuestra historia de vida para valorarnos o descalificarnos, y ello condiciona nuestra manera de actuar porque ejerce presión sobre nuestra autoestima (núcleo central de nuestra personalidad). Esto influye más adelante en nuestras actitudes y hasta en el modo de juzgar a los demás y a nosotros mismos.

Vemos que el punto que nos ocupa en este relato, es el malestar que subyace en la adolescente.

En este sentido, se comprende el malestar y confusión de esta adolescente respecto a la actitud de su padre. Lamentablemente, algunas personas desarrollamos una comunicación inoperante o inadecuada y “mostramos ser quienes no somos”. Ello obedece a una tendencia basada a un cierto miedo de expresar nuestros propios sentimientos.

Algunas personas tenemos mucho miedo y nos lleva a la necesidad de fingir o aparentar, a fin de lograr la atención y el respaldo de otros. Ambos nos hacen sentir bien y “seguros”, temporalmente. Este tipo de actitud suele ser aprendida en el hogar durante la infancia. Por ejemplo, cuando hubo momentos en que nuestros padres sólo nos mostraban afecto y reconocimiento si actuábamos de manera complaciente, pero nos reprendían o ignoraban si hacíamos lo contrario.

Clarificar este tipo de condicionamiento afectivo es importante ya que el afecto no puede estar supeditado a las actitudes que toman nuestros hijos o seres queridos. 

Es importante también saber que nosotros tenemos en nuestras manos el control de nuestras vidas para poder ser honestos, auténticos sobre nuestra forma de elegir, pensar, sentir y actuar de modo distinto y más provechoso.

Como padres debemos conocer que el valor del afecto se cultiva día a día (abrazos, besos, caricias, elogios) de manera constante, ya que la seguridad emocional de nuestros adolescentes y jóvenes dependen en gran manera de nuestra continua interacción. Saber esto marcará la pauta para desarrollar las mejores relaciones.

Existen estudios que señalan que hijas e hijos de padres ausentes exhiben más problemas de conducta y están menos capacitados académica, social, y psicológicamente que aquellos padres que frecuentemente están presentes en sus actividades. Cuando un adolescente se encuentra en esta situación, se le recomienda ser firme y determinante respecto a la atención por parte de su padre o madre) aquél que se encuentre ausente, indicándole que en cuanto él se comunique con ella, le plantee dos opciones firmes de elección. Puede manifestarle: “Papá, o te haces cargo de estar presente en mi vida o te alejas de mi y todo lo que pueda recordármelo”. Si el padre decide alejarse, pues bien, debe aceptarlo y sacarlo de su vida. Comenzar a vivir de modo auténtico y genuino; afirmando y fortaleciendo cada día su autoestima, la cual le ayudará a crecer como ser humano y alcanzar sus propios éxitos.

Esta determinación de la adolescente, la enseñará a lidiar y afrontar nuevas experiencias y a poner un alto a la “comodidad” de aquellos que actúan sin considerar las repercusiones de sus actos. Así evitará muchos problemas emocionales, morales y espirituales, a lo largo de toda su vida.

miércoles, 8 de enero de 2014

"Me siento fatal por haber ofendido a mi madre"

“Muchos de mi grupo de amigos me dicen que tengo un carácter muy fuerte, que siempre estoy a la defensiva, que parece que todo lo que me dicen lo tomo como algo personal y que hay días en que mis palabras ofenden.

Tanto es así, que dicen que desearían dejarme a solas y no tratarme más. Realmente me he puesto a pensar sobre todas mis reacciones y he llegado a la conclusión de que siempre me he sentido sola, que me fastidia lo que me rodea y que todo lo que me sucede es culpa de los demás.

A mi padre nunca lo conocí y mi madre vive trabajando todo el día como si nada más tuviera interés para ella. No hablamos, eso sí…, peleamos mucho; hasta me he querido largar de mi casa, pero económicamente no estoy preparada para ello. No hay mucho apoyo familiar.

En la última pelea parece que me sobrepasé y de verdad me siento muy mal por las cosas que le dije a mamá. He intentado hablar de nuevo con ella, pero me cuesta demasiado, no sé que es lo que me está pasando. Me siento fatal por ofenderla. Entiendo que no puedo seguir despotricando de todo el mundo y menos de mi madre.”

Numerosas personas manifiestan los “dramas” de sus experiencias culpando a otros de sus propios desaciertos para sentirse más “tranquilos” y negar sus responsabilidades. Muestran actitudes indeseables, que mantienen por meses y hasta por años. Por tanto, anulan su imaginación, originalidad y talento, lo que bloquea el desarrollo de su socialización.

Estas actitudes negativas pueden causar daños irreversibles. Probablemente, para estas personas, la relación afectuosa representa una pesada carga. Tal vez nunca hayan experimentado un reconocimiento positivo; una acaricia, un abrazo o una llamada telefónica que le muestre lealtad, o no han escuchado la frase de un amigo: “estoy contigo en las buenas y en las malas”. De este modo, ronda entre sus sentimientos la frustración, la insatisfacción, la irritabilidad, la provocación; transformados en agresividad o tratos desenfrenados, que provocan peligrosos sentimientos tóxicos en el ambiente en el cual se desarrollan.

En este sentido,es importante conversar, sobre todo con aquellos a quienes nuestra actitud ha ofendido, sobre diferentes aspectos de la personalidad y autoestima. Los padres deben saber que cuando manejamos las conductas de nuestros hijos e hijas, sin darnos cuenta, construimos la futura personalidad de cada uno de ellos, de acuerdo a nuestros principios y valores. Éstos van a funcionar como un listado de virtudes que copiar, pero también, de errores que enmendar. Todo este bagaje de información hace que la persona se desarrolle o no en un ambiente afectivo, asertivo y productivo.

De modo que la forma en que, cuando éramos pequeños, los adultos reaccionaron ante nosotros es con frecuencia, la forma en que ahora nosotros mismos reaccionamos, tanto positiva como negativamente.

Si consideramos que tenemos mal carácter es importante pensar por un momento en las palabras, actitudes y gestos que frecuentemente usaban nuestros padres cuando de pequeños nos regañaban (“cállate”, “no interrumpas”, “no haces nada bueno”...) A continuación, podemos recordar algunos elogios o alabanzas de nuestros padres (en este caso en particular la muchacha señaló no tener idea de lo que se decía)
Es probable que descubramos que -tal como descubrió la muchacha- empleamos ahora las mismas palabras que usaban nuestros padres.

Sondra Ray citada por Hay(2005), sostiene que todas las relaciones importantes que tenemos son un reflejo de lo que tuvimos con uno de nuestros padres. Es decir, nuestras relaciones son espejos de nosotros mismos. A este respecto, el autoconcepto puede potenciar y desencadenar grandes conflictos en el hogar y entorno social. Para sentirnos confiados y seguros los seres humanos tenemos la necesidad de ser amados por otros.

En la familia hay que fomentar el establecimiento de afectos agradables (caricias, abrazos, elogios, palabras amables y generosas) a través de una comunicación acertada; pues ofrece la posibilidad de poder expresar lo que se está sintiendo y cómo se está interpretando lo que nos pasa. Sólo la claridad de conceptos y la amplia discusión familiar, permite el establecimiento de un proceso afectivo, sano y confiado, evitando la confrontación innecesaria y el conflicto destructivo al que muchos están acostumbrados.

Muchas conductas y lenguaje de nuestros hijos son indicadores que no debe pasar por alto y que exige su atención y razonamiento. Ello debe ser evaluado y analizado continuamente con amor y firmeza; pero con serenidad y paciencia. Ésta es la vía más operativa para rescatar la confianza de su hija y desarrollar su capacidad de amar y tomar decisiones dentro del derecho de ejercer su libertad; pero a la vez saber que en su hogar existe una doctrina con normas establecidas que debe respetar, la cual le otorga deberes y derechos que también debe cumplir.

De ahí la importancia de que los padres podamos enseñarle a nuestros hijos sus debilidades; pero también el reconocimiento de sus fortalezas como los mejores recursos de su personalidad, a fin de que aprende a tomar decisiones y a tolerar sus propias frustraciones.

Dirigir nuestros sentimientos puede ser una tarea que necesite de un buen manejo de la tolerancia que tenemos que aprender para coexistir en el mundo de las interacciones. Muchas veces el dolor puede ser, en ciertas personas, un estímulo desencadenante de una respuesta violenta; por el contrario, en otros el mismo dolor  desencadenará  otra respuesta básicamente distinta.

Poseer control sobre nuestras emociones nos conduce a la búsqueda de alternativas creativas de negociación y acuerdos para la solución de nuestros problemas.

Darnos cuenta de nuestro propio poder (fuerza, capacidad, eficacia) enriquece nuestro mundo interno y desarrolla vínculos de afecto. Es necesario que descubramos el valor que representa cada persona en nuestra vida para brindar lo mejor de nosotros mismos. A todos nos gusta que nos traten con amor, con respeto; que nos brinden un poco de atención y deferencia; porque todo esto forma parte de nuestra dignidad y es lo que trasciende a nuestra personalidad, la cual se proyecta hacia la colectividad.
“Me crié en un ambiente familiar bastante afectivo. Tanto mi hermano como yo tuvimos siempre el apoyo de nuestros padres. Ellos poseían la facultad de ayudar en lo que podían a todos los que conocían; nos decían que había que fomentar el buen trato entre los vecinos y que estos no se debían tocar “ni con el pétalo de una rosa”, que había que tener siempre la disposición de agradar a todos. También decían que ayudar a otros era un valor muy importante. Nos enseñaron a tener lo necesario para sentirnos satisfechos. Por el buen gusto de mi madre aprendí a comprar cosas de buena calidad y creo que todo lo que tengo me lo he ganado con voluntad y esfuerzo de mi trabajo.

 Resulta que algunas de mis primas y amigas están acostumbradas a ir a mi casa a pedir prestado cosas como: carteras, zapatos, algunas faldas, chaquetas o pantalones, ya que dicen que no tienen tanta plata para llegar a comprar cosas tan caras como las mías, y aunque las he prestado de buen gusto; me las devuelven sucias o deterioradas, por lo que muchas veces me he sentido indignada. Uno de eso días les reclamé de buena manera que me sentía molesta por su desconsideración para conmigo y les dije que por lo menos me entregaran las piezas limpias y en un tiempo prudencial, puesto que tenía que pedírselas meses después debido a que no me las regresaban.

El caso es que dos de mis primas y tres de mis “mejores” amigas con las que siempre salía a divertirme me dejaron de tratar y me he sentido mal por sus comentarios malsanos; aunque por supuesto esto lo puedo superar porque la situación me ha servido para entender que en muchos momentos hay que poner límites y esto probablemente sea mi mayor dificultad. De verdad que no entiendo a este tipo de personas tan desconsideradas. Piensan que uno debe aguantar todas sus impertinencias. Me gustaría saber cómo tratarlas, pues se topa uno con este tipo de gente por todas partes".

El relato anterior nos deja entrever cómo a veces nuestras relaciones con los demás pueden comprometer profundamente nuestros propios sentimientos. Cada persona de acuerdo a su conformación mental, ética, moral y espiritual asume una serie de condiciones y valías consideradas básicas para manejarse -lo mejor posible- dentro de su entorno. Estas valías implican: el respeto, la responsabilidad, la honestidad, el compromiso, la consideración, la reciprocidad entre otras, tanto para consigo misma como para los demás.

Vemos que en el relato la joven describe un buen marco referencial sobre los valores heredados de su núcleo familiar. Estos valores le permiten saber apreciar lo bueno y lo malo de cada situación, y esto influye a su vez en el desarrollo de una buen autoestima, lejos de agentes que puedan erosionar. Sin embargo, es importante que esta joven y cualquier otra persona lleguen a comprender que ciertos valores de convivencia, no coexisten por igual en el esquema mental de mucha gente, porque los valores no se pueden imponer, sino que nacen de la propia esencia de la persona.Surgen espontáneamente.
Es bueno comprender que respetar a alguien es tratarlo con decencia o dignidad, una dignidad propia que requiere del comportamiento adecuado de los demás. Asimismo, el respeto exige también un trato amable o cortés, y  las faltas de respeto intencionales cometidas por familiares, amigas y otras personas a nuestro alrededor no se deben permitir bajo ningún concepto porque son injustas.

Es bueno que desarrollemos la capacidad de darnos cuenta hasta dónde puede una persona ceder ante los demás al poner freno a conductas fuera de lugar. Nuestra autonomía y dignidad no deben ser comprometidas. Conocer que tenemos el derecho de no aceptar ciertas demandas de otros y que nadie puede arrebatarnos este derecho, nos hará sentir satisfechos(as) y sin temores debido a que el concepto que tengamos, por ejemplo, de respeto y responsabilidad, orientará parte de nuestras conductas y la valoración moral que realizamos de las conductas propias y de los demás.

Aceptar las normas, ser respetuosos y responsables dependerá de las interacciones sociales que hayamos desarrollado con nuestros padres desde la niñez; es decir, cuando nuestros padres, por ejemplo, nos enseñaban ciertas normas como el respeto mutuo, y nos ayudaban a aprenderlas, estaban cultivando en nosotros acciones proactivas para manejar de la mejor manera posible nuestras relaciones interpersonales. Tomar el control y manejar con tacto nuestras fortalezas y debilidades son claves para el desempeño de cada rol en nuestras vidas.

Vera y otros tratan este tema y señalan que hay que poner límites a algunas personas de nuestro medio. Para ello sugieren ciertos pasos :

  1.  Primeramente decidiremos si estamos dispuestos o no a emprender las acciones del caso.
  2.  Identificamos el evento que nos está molestando.
  3.  Aseguremos quiénes son las personas involucradas, con quiénes necesitamos aclarar las cosas a solas, el modo de dirigirnos, cómo podremos expresarnos, qué y cómo le diremos al otro lo que esperamos de él o ella y si nos mantendremos firmes y consecuentes.
  4.  Apreciemos lo positivo y negativo, y sus posibles consecuencias, pues tenemos el control. Igualmente, debemos tener en cuenta que una de esas personas a quiénes debes poner límites somos nosotros.
  5.  Sólo nosotros decidimos que permitiremos qué va a ocurrir (estando o no presentes) y asegurarnos que esto se cumpla
  6.  Imaginemos diferentes posibilidades de solución al generar acuerdos asertivos y afectuosos a través del dialogo explicativo para que las personas involucradas se sientan emocionalmente correspondidas y confiadas.


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